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Desde
Copenhague, Abel marchó hacia Alemania,
para contactar cerca de Hamburgo con Schumacher
(quien enviaría el folleto antes citado
a Gauss) y de allí
a Berlín. Llevaba una misiva para el
consejero de construcciones, August Leopold
Crelle (1780-1855), por quien sería cordialmente
acogido. Con más peso en el mundo matemático
que su gran benefactor Holmboe, Crelle era un
destacado ingeniero, una de cuyas obras fue
el primer ferrocarril prusiano entre Berlín
y Postdam y autor también de algunos
trabajos matemáticos. Crelle sería
un fuerte impulsor de la matemática en
Prusia, fundando (1825) el Journal für
die reine und angewandte Mathematik (Journal
de Crelle), revista pionera de matemática
pura en el mundo y la más prestigiosa
de Alemania. Abel estableció una cordial
amistad con Crelle, quien pronto adivinó
que aquél era un genio. En los primeros
números editó 7 de sus trabajos;
publicando 22 en total en el Journal de Crelle.
En Berlín leyó Analyse Algébrique
de A.L. Cauchy (1789-1857), de la que en uno
de sus artículos sobre la quíntica,
ya había usado resultados sobre permutacioçnes.
En perjuicio de su salud, Abel decidió
desviar su ruta hacia la capital francesa, dirigiéndose
hacia el norte de Italia para disfrutar unos
días con sus compañeros Boeck
y Keilhau con quienes vino desde Noruega. En
julio de 1826 se trasladó a París,
con una constelación entonces de grandes
matemáticos, a cuya mayoría caracterizó
algo despectivamente (como narraría a
Holmboe ?10,II?) de “tan viejos que sólo
quedaba de ellos su fama”. De Cauchy dijo
que “era un excéntrico (...) lo
que hace es excelente pero muy confuso”.
Tildó a los franceses de “mucho
más reservados con los extranjeros que
los alemanes, siendo demasiado difícil
ganar su intimidad”. También especificaba:
“He realizado un trabajo sobre funciones
trascendentes, para presentarlo al Instituto
(...). Espero que lo vea Cauchy, pero seguramente
ni se dignará mirarlo. Se trata de un
buen trabajo y me agradaría conocer el
juicio del Instituto”. Ese trabajo, primer
ensayo de Abel sobre las integrales elípticas
[10,I], fue presentado el 30 de octubre de 1826
al Secretario de la Academia de Ciencias de
París, J. Fourier, para ser publicado
en su Revista.
Este lo remitió a Cauchy (responsable
principal, con 39 años) y a A.Legendre
(1757-1833), para que fuese evaluado. Legendre
(con 74 años) lo encontró penoso
e ilegible y confió en Cauchy para que
se encargara del informe [3].
Sumergido éste en su propia tarea, o
tal vez porque vislumbrara en aquel mísero
estudiante noruego un pobre diablo con vanas
quimeras o incluso quizás por indiferencia
al principiante, no prestó la debida
atención, lo olvidó y lo extravió.
Al parecer, cuando Abel se enteró de
que Cauchy no lo había leido, aguardó
con resignación el veredicto de la Academia
(que nunca recibiría). Mas, al informársele
luego de su pérdida, resolvió
redactar de nuevo el principal resultado. “Aún
siendo el más penetrante de todos sus
trabajos, constaba sólo de dos breves
páginas. Abel lo llamó estrictamente
Un teorema: un monumento colosal resumido en
unas parcas líneas”[11].
Al cabo de algún tiempo C.G. Jacobi (1804-1851)
tuvo noticias de lo sucedido por el propio Legendre,
a quien se dirigió (14 marzo 1829) exclamando:
“¿Cómo es posible que un
descubrimiento quizás el más importante
de nuestro siglo, se comunicara a su Academia
hace dos años y escapara a la atención
de sus colegas ?”. Esta pregunta se extendió
como un reguero de pólvora hasta Noruega,
lo que dio lugar a que su cónsul en París
apremiara una reclamación diplomática
acerca del manuscrito perdido. La Academia indagó
y Cauchy lo encontró algún tiempo
después. En la contestación a
Jacobi, Legendre cuenta que al decidir redactar
el oportuno informe, ambos se retuvieron al
sopesar que Abel ya había publicado parte
de la memoria en el Journal de Crelle. ¡¡
Sin embargo !!, ”el ensayo no pudo publicarse
hasta 1841 [10]”, un trabajo que luego
Legendre calificó como monumentum aere
perennius, y Hermite (1822-1901) un legado para
más de 150 años [2].
Para coronar esta epopeya, se volvió
a perder antes de ser leídas las pruebas
de imprenta. La Academia en 1830, concedió
a Abel el Gran Premio de Matemáticas,
en unión con Jacobi, pero Abel ya había
fallecido [2].
El episodio de París sólo pudo
anegarle de: “¡desdén, indiferencia,
miseria [6]. Para mayor gloria de la ciencia,
fue determinante “el grito de alarma de
Jacobi”[6].
No acabaron ahí las peripecias habidas.
“Cuando los noruegos L. Sylow y S.
Lie elaboraban en la década 1870-1880
la publicación de las obras completas
de Abel se encontraron, para colmo de sorpresas
con que el manuscrito se había perdido
de nuevo” [4].
¿Qué había ocurrido esta
vez ? Según se supo más tarde,
al profesor italiano Guglielmo Libri, alumno
de Legendre, se le responsabilizó de
seguir la impresión ”finalmente
encontrada por Viggo Brun, de Oslo, en la biblioteca
Moreniana de Florencia, tras algunas pesquisas
relacionadas con Libri”[4]. El manuscrito
(salvo 8 páginas) se localizó
en 1952. “Sus letras pequeñas,
el espacio muy aprovechado, las dos caras de
cada hoja escritas” [3]. El
manuscrito de Abel (que contiene el ya conocido
como su gran teorema) se refiere a la extensión
del teorema de adición de Euler para
integrales elípticas, al caso de integrales
de funciones racionales R(x, y(x)) de la variable
x y de cualquier función algebraica y(x).
Grosso modo, el teorema [10,I] enuncia “cualquier
suma de integrales de la forma ? R(x, y)dx,
donde las variables están relacionadas
por f(x,y)=0 (f=polinomio en x e y ), puede
expresarse en términos de un número
fijo p de integrales de ese tipo más
términos algebraicos y logarítmicos”.
El mínimo número p depende sólo
de la ecuación f(x,y)=0, el cual luego
sería llamado género de la misma.
Esto muestra que reconoció dicha noción
fundamental antes que B. Riemann (1826-1866).
Abel transformó radicalmente la teoría
de integrales elípticas en la teoría
de funciones elípticas, haciendo uso
de las funciones inversas de aquéllas,
mucho más fáciles de manipular.
En lugar de estudiar (como hizo Legendre) la
integral elíptica de primera especie
mediante su expresión en términos
de funciones analíticas mejor conocidas,
Abel la consideró como una función
x de y, como una función elíptica.
La función inversa x = f(y) así
obtenida, resultó ser doblemente periódica
y podía expresarse como cociente de dos
productos infinitos.¡Ese enfoque sencillo
supuso uno de los máximos progresos matemáticos
del siglo XIX! Los primeros resultados de Abel
se publicaron en 1827 [2], con la idea central
de la inversión (que ya bullía
en su mente desde 1823). Como ya se anticipó,
el otro descubridor de las funciones elípticas
fue C.G. Jacobi que había estudiado en
la Universidad de Berlín.
En contraposición con Abel, provenía
de una familia judía de banqueros y disfrutaba
de una vida plácida. Jacobi también
conocía la obra de Legendre sobre integrales
elípticas e investigó casi a un
tiempo que Abel sobre transformaciones racionales
de estas integrales. Presentó una comunicación
(sin pruebas) (1827) con la fecunda idea de
Abel de las funciones inversas, publicando (una
vez probados los asertos pendientes) varios
artículos en la revista de Crelle (1828,
1830). El concepto de inversión lo tenía
Jacobi desde finales de 1827, e hizo uso además
de la doble periodicidad de las funciones elípticas,
y cuando conoció Abel la publicación
de 1828, se apresuró a mostrar que los
resultados de aquel trabajo eran consecuencias
del suyo [10,II]. Legendre elogió el
enorme mérito de Abel comentando: “¡Qué
cabeza tiene este noruego!”[9,II?] y en
otra ocasión, pleno de admiración
“¡La deducción tan vigorosa
de los teoremas de transformación de
las funciones elípticas, es superior
a todos mis elogios, a todos mis trabajos!”,
y preconizó asimismo ”sus trabajos
serán considerados los más notables
de nuestra época”. Los logros de
Abel y Jacobi, serían descritos en suplementos
al Tratado de Legendre (1829 y 1832).
Tanto el uno como el otro arribaron a una parte
fundamental de las funciones elípticas:
las funciones theta. Las funciones doblemente
periódicas sn u, cn u y dn u , son cocientes
de funciones theta y satisfacen ciertas identidades
y teoremas de adición similares a las
de seno y coseno trigonométricas. Los
teoremas de adición de funciones elípticas,
representan por otra parte, aplicaciones especiales
del teorema de Abel sobre la suma de integrales
de funciones algebraicas. Esta cuestión
dio origen a investigar las integrales hiperelípticas
(una generalización de las que Abel inició
sus pasos, para que se invirtieran al igual
que las elípticas). Jacobi dio la solución
en 1832, naciendo así la teoría
de funciones abelianas de p variables [14].
K. Weierstrass (1815-1897) remodeló la
teoría de funciones elípticas
y Gauss las investigó
también sin publicar sus resultados.
El teorema de Abel condujo alrededor de 1850
a B. Riemann , alumno de Gauss,
a una más amplia teoría de funciones
multiformes (tímidamente abordada por
Cauchy), con una visión que le suministró
la clave del concepto de superficie de Riemann,
descubriendo el género de la misma como
un invariante topológico y como medio
de clasificación de las funciones abelianas.
Sería la no univocidad de las transformaciones
conformes lo que llevó a Riemann a las
superficies de varias hojas con su nombre [14].
El siglo XIX se caracterizó por la reintroducción
del rigor en las demostraciones. Había
“una tremenda oscuridad en el análisis(...)
nunca tratado con rigor” [10,II]. El uso
de series sin referencia a la convergencia y
divergencia produjo conmoción, paradojas
y desacuerdos. Su espíritu renovador
sería decisivo para imponer la exigencia
del rigor [8] (propugnada antes por Gauss);
en especial, para la concepción del proceso
de paso al límite en las series infinitas,
vinculada a la necesidad didáctica de
enseñarlo.
Esto originó (primer tercio del XIX),
una redefinición del concepto de función
[15]. En 1821, Cauchy emprende la introducción
del rigor, haciendo hincapié en la sin
razón de las series divergentes. En un
artículo de 1826, Abel alabó la
obra de Cauchy [10] y muchos tratados de análisis
incorporaron el nuevo rigor, el cual no avanzó
sin oposición. Generó gran controversia
la prohibición, mayormente por Abel y
Cauchy, de las series divergentes. Abel las
atacó con rudeza: “Estas series
son una invención del demonio?...? dan
lugar a falacias y paradojas” [10,I].
Abel dio precisión a la teoría
de convergencia de las series infinitas.
En un notable trabajo sobre series binómicas,
testimonia su sagacidad, penetración
y agudeza crítica, arremetiendo contra
la falta de rigor con que se opera con series
infinitas. La obra de Cauchy inspiró
a Abel y algunos criterios de convergencia llevan
hoy el nombre de Abel. Este advirtió
y corrigió (1826) el error de Cauchy
de su falso teorema sobre la continuidad del
límite de una serie convergente de funciones
continuas. Es claro que Cauchy aún no
tenía la idea del concepto de convergencia
uniforme [10,I].
La condena de Cauchy (y de Abel) defendiendo
una matemática rigurosa, fue aceptada
por franceses, pero no por ingleses y alemanes.
Algunos alemanes y la escuela de Cambridge,
abogaron por las series divergentes, aguardando
a una nueva teoría de series infinitas.
A finales del XIX era ya difícil imaginar
la definición de convergencia dada por
Cauchy como una necesidad impuesta por algún
poder sobrehumano [9,II].
En París, Abel se cargó de deudas
y como la situación de su madre y hermanos
era ya desesperada, regresó a Oslo en
mayo de 1827. No pudo ocupar un trabajo regular
apropiado, porque Holmboe había sido
contratado como profesor de la Universidad noruega.
Dio clases a escolares, en tanto escribía
artículos sobre las elípticas
en su competición con Jacobi. En 1828
Hansteen viajó a Siberia, ocupando Abel
su plaza docente. Aunque desde hacía
tiempo Abel padecía tuberculosis, en
la Navidad de ese año viajó en
trineo a Fröland para ver a su novia, empleada
allí como institutriz de una familia
inglesa. Mediado 1829 empeoró a causa
de una hemorragia persistente. Padeció
su peor agonía la noche del 5 de abril
y el día 6 falleció. Tenía
26 años y ocho meses.
Dos días después de su muerte,
una carta de Augusto Crelle, anunciaba que la
Universidad de Berlín le había
nombrado profesor de matemáticas. Gauss
y Humboldt solicitarían también
una cátedra para Abel. Legendre, Poisson
y Laplace, escribieron asimismo al rey de Suecia
para que ingresara en la Academia de Estocolmo.
Hay varios mitos sobre su persona. Algunos le
caracterizan como el Mozart de la ciencia. Un
monumento fue erigido por los amigos de Abel
en su tumba.
Entre los muchos honores conferidos al joven
sabio noruego, figuran: Un cráter lunar
lleva su nombre, una calle del distrito duodécimo
de París se denomina ”rue Abel”,
y una estatua del escultor Gustav Vigeland en
1908 fue erigida en el Royal Park de Oslo.
El Premio Abel (equivalente al Nobel) ha sido
instituido desde el año 2002, bicentenario
de su nacimiento. 
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