Según esta tradición,
Eudoxo estudió matemáticas con
Arquitas, en Tarento, y medicina con Filistio
en Sicilia. Luego visitó Atenas y pudo
asistir a la recién creada Academia de
Platón.
Tras una breve estancia en Atenas, volvió
a su ciudad natal, y desde allí, provisto
de una carta de presentación ante el
faraón Nectanebo I, partió hacia
Egipto para estudiar durante más de un
año astronomía con los sacerdotes
de Heliópolis, al tiempo que iniciaba
sus propias observaciones astronómicas
en un observatorio relativamente cercano. Él
mismo, al parecer, llegó a disponer más
tarde de un observatorio en Cnido desde el que
pudo observar la estrella Canopea. Tiene acreditados
dos títulos, Espejo
y Fenómenos, quizá
referidos a dos versiones de una obra que, según
Hiparco, describía las constelaciones
y procuraba fijar las bases de un calendario
astronómico, así como un tercero,
Sobre velocidades, que da nombre a
un tratado astronómico-geométrico.
También se le atribuye, sin mucho fundamento,
otro libro calendárico sobre el ciclo
de 8 años, Octaeteride, e incluso
la invención de un astrolabio. Lo cierto
es que el Arte de Eudoxo, un tratado
en papiro de confección muy posterior,
recoge informaciones de este género que
pueden proceder en buena parte de algunos escritos
suyos hoy perdidos.
Cumplido su periodo de iniciación y formación
en la investigación astronómica
en Egipto, Eudoxo se trasladó a Cícico,
en la costa sur del mar de Mármara, donde
fundó una escuela de renombre. Con este
aval y acompañado de algunos discípulos,
volvió a Atenas hacia 368; allí
entró en una relación más
directa, si bien -cabe temer- un tanto problemática,
con Platón y su Academia. Pasado algún
tiempo, Eudoxo retornó a Cnido envuelto
en una aureola de respeto y popularidad que
le valió desempeñar un papel de
primer orden como legislador y aun redactar,
según parece, la constitución
de su polis natal. Pero esta calidad de “hijo
predilecto” y de mentor político
no le apartó de sus intereses científicos,
ni de su trabajo en cuestiones cosmológicas,
astronómicas y geográficas. Los
repertorios aún registran a su nombre
otra obra de geografía matemática
y descriptiva en varios volúmenes, Contorno
de la tierra, que incluía noticias
sobre minerales, plantas y animales.
Dentro de su oscura e incierta biografía,
el punto que parece haber cobrado más
brillo para la posteridad es el de sus relaciones
con Platón durante su segunda estancia
en Atenas. Serán, según quién
las cuente varios siglos después, relaciones
de muy diverso signo, discordes o concordes.
En el primer caso, se habla de una recepción
hostil por parte de Platón: celoso -insinúa
Diógenes Laercio- de la popularidad de
un visitante maduro al que, de joven, había
despedido de la naciente Academia; o receloso
-asegura Plutarco- de las ideas matemáticas
de alguien que, siguiendo los malos pasos de
Arquitas, no había dudado en contaminar
la geometría con nociones mecánicas
y curvas sospechosas -la “kampyla de Eudoxo”
1 - a la hora de afrontar el problema
de la duplicación del cubo. Según
otros, puede que Eudoxo no mostrara el debido
respeto hacia los métodos -el analítico
o el dianoético-, recomendados por Platón
en matemáticas, ni hacia su competencia
específica en este campo. O en fin, según
un intérprete actual [4], puede que se
entablara entre Eudoxo y Platón un pleito
filosófico en torno a la índole
y al conocimiento de los objetos matemáticos,
en el que ulteriormente terciaría Aristóteles.
Frente a la trascendencia de las entidades ideales
matemáticas prevista por Platón,
Eudoxo postularía una condición
sustantiva similar para las ideas matemáticas,
sólo que inmanente en los objetos reales
y sensibles. Aristóteles, a su vez, vendría
a denunciar tanto el idealismo de Platón,
como el sustancialismo de Eudoxo (cf. Metafísica,
991a 17-19, 1079b 21-23): si el primero
es erróneo, el segundo resulta incongruente
pues, dado que sustancia equivale a sustrato
y autosubsistencia, no hay sustancia alguna
que pueda darse o subsistir en otra sustancia,
luego no cabe conceder una naturaleza sustantiva
a las ideas matemáticas y atribuirles
al mismo tiempo una existencia material o inmanente
en los cuerpos u objetos sensibles. La solución
aristotélica consiste en considerar las
nociones, objetos y propiedades matemáticas
como aspectos abstraídos o, más
bien, conceptualizados selectivamente, -es decir,
con arreglo a las definiciones y demostraciones
pertinentes-, en nuestro trato cognoscitivo
con las cosas realmente existentes.
Pero contra estas referencias e interpretaciones
milita una tradición, no menos legendaria,
que ve en Eudoxo un miembro de número
de la Academia, presto a seguir las indicaciones
de Platón -según quiere un neoplatonismo
empeñado en hacer de Platón la
musa de la madurez de la matemática griega
del s. IV-. Si a Platón le interesa un
modelo cosmológico que represente o,
al menos, “salve” las trayectorias
aparentemente irregulares de los planetas mediante
un sistema de movimientos circulares y uniformes,
ahí viene Eudoxo con su modelo homocéntrico
bajo el brazo. Si a Platón le interesa
el rigor de la construcción deductiva
en geometría, ahí está
Eudoxo, de nuevo, empleándose a fondo
en una teoría de la proporción
capaz de deducir los resultados anteriores y
de abrir una nueva perspectiva sistemática.
En definitiva, ¿qué hay de la
“cuestión” de las relaciones
entre Eudoxo y Platón? ¿Eudoxo
fue un platónico ortodoxo, o siguió
su camino como algunos otros –Menecmo,
por ejemplo– al margen del programa de
la Academia, o hubo de todo un poco? Lo único
seguro es que nos encontramos en una situación
habitual dentro de la historia de la antigua
matemática griega: las “historias”
tardías que hemos recibido y nuestras
propias conjeturas, en suma: nuestras “cuestiones”,
son más numerosas y elocuentes que los
datos disponibles para contrastarlas y dirimirlas.
