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Stevin, paladín
de la lengua vernácula
Uno
de los grandes objetivos de Stevin fue el hacer
llegar los conocimientos científicos
de su época al mayor número de
sus compatriotas. Para ello, atendiendo especialmente
a aquellos ciudadanos que no habían tenido
acceso a una educación escolar (impartida
en latín) y, en consecuencia, estaban
condenados a no poder participar en actividad
científica alguna, escribió la
mayor parte de su obra en lengua vernácula.
Con ello, además de acercar la ciencia
a un público no científico, consiguió
que sus libros fuesen poco o nada leídos
por investigadores contemporáneos de
otros países.
Otra razón por la que Stevin se decantó
por el uso del holandés como lenguaje
científico fue la convicción de
que esta lengua era la más idónea
para expresar y transmitir ideas, especialmente
las científicas, a causa de sus palabras
cortas y su gran potencial combinatorio.
Además de estos dos argumentos racionales
a favor del uso del holandés en la generación
y transmisión de los conocimientos científicos,
Stevin contaba con una justificación
que entra en el terreno de lo fantástico.
Veamos.
En la “Era de los Sabios”, todo
lo que nosotros conocemos en estado deficiente
e incompleto estaba en orden. ¿Era posible
volver a aquella situación ideal? ¿Cuáles
eran los medios para ello? Según Stevin,
el principal recurso consistía en el
estudio sistemático de la ciencia natural.
Para ello, era necesaria la colaboración
organizada de todas las personas capacitadas
para desarrollar un trabajo científico,
independientemente de su status social. Esto
sólo era posible si todos los razonamientos
e ideas científicas se enunciaban y transmitían
en lengua vernácula. Dado que el holandés
era el idioma que permitía esta formulación
y comunicación de forma más precisa,
ergo el holandés era la lengua
de los “Sabios”.
Este desvarío nacionalista, impropio
de un científico que se precie, ejemplifica
de forma contundente que, en ocasiones, las
mentes más privilegiadas incurren en
desatinos mayúsculos cuando se alejan
imprudentemente de los terrenos en que son competentes.
Stevin
y la aritmética comercial
Desde
que la complejidad de los problemas de carácter
mercantil (cálculo del interés
simple o compuesto, anualidades, descuentos,...)
se hizo mayor, los profesionales capaces de
realizar este tipo de cómputos se convirtieron
en empleados indispensables en todas las empresas
dedicadas a negociar con dinero. No obstante,
los expertos que podían resolver satisfactoriamente
este tipo de cuestiones eran pocos. Recordemos
que, en pleno siglo XVI, la multiplicación
y la división eran operaciones que no
estaban al alcance de la mayoría de los
mortales. No debe extrañarnos, pues,
que los bancos dispusiesen de tablas para facilitar
los cálculos y que éstas se guardasen
como información confidencial. Este ocultismo
se mantuvo hasta que el número de calculadores
hábiles aumentó de forma considerable.
Este incremento se vio favorecido por la publicación
de estupendas aritméticas comerciales
en las que se desarrollaban los contenidos teórico-prácticos
imprescindibles para que el lector pudiese detectar
cualquier error (¿fraude?) en la aplicación
de descuentos, cálculo de anualidades,
etc.
Durante
buena parte del siglo XVI los centros monetarios
más importantes de la Europa Occidental
estuvieron localizados en Lyón y Amberes.
Precisamente en dichas ciudades se imprimieron
los primeros manuales con Tablas de Interés.
El primero, escrito por Jean Trenchant en 1558,
y el segundo por Simon Stevin (Tafelen van
Interest, midtsgaders de constructie der selver)
en 1582. Las primeras Tafelen se publicaron
en lengua vernácula y se reeditaron con
algunas correcciones en 1590. También
se tradujeron al francés y aparecieron
en L’Arithmétique (1585).
En ellas Stevin no sólo incluyó
una introducción teórica del interés
simple y compuesto, acompañada de numerosas
ejemplificaciones, sino que también presentó
una serie de tablas con las reglas necesarias
para calcularlas.
Los
problemas de geometría
Los
contenidos matemáticos de carácter
geométrico están incluidos en
Problematum geometricorum (1583), única
obra de Stevin escrita en latín, estructurada
en cinco libros

El primero
contiene la teoría clásica de
razones y proporciones así como su aplicación
a la división de figuras en partes que
estén en una razón dada.
En el
segundo, Stevin aplica la “regla de falsa
posición” (procedimiento que gozó
de gran popularidad en los manuales de aritmética
del siglo XVI y que se usaba para resolver algunos
problemas de primer grado con una incógnita,
sin necesidad de recurrir al simbolismo algebraico)
a la resolución de cuestiones geométricas
como la siguiente:
Construir un cuadrado conociendo la diferencia
entre la longitud de la diagonal y el lado.
En primer lugar, Stevin construye un cuadrado
cualquiera (falsa suposición) y determina
la diferencia entre la diagonal y el lado. Si
esta diferencia coincide con la dada, el problema
está resuelto. En caso contrario, mediante
una proporción se determina el lado del
cuadrado requerido.
El tercer
libro, el más interesante de todos, se
consagra al estudio de los sólidos platónicos,
poliedros semirregulares o arquimedianos y poliedros
estrellados. En él, además de
los siete arquimedianos conocidos por Durero
[Underweysung der Rechnung mit dem Zirckel
und Richtscheyt (1525)], Stevin descubre
otros tres: el truncato icosaedro per laterum
media, con doce pentágonos regulares
y veinte triángulos equiláteros,
el truncato dodecaedro per laterum divisiones
in tres partes, con doce decágonos
regulares y veinte triángulos equiláteros,
y el truncato icosaedro per laterum tertias,
con veinte hexágonos regulares y doce
pentágonos regulares.
Por
último, en los libros cuarto y quinto,
se resuelven, respectivamente, los dos problemas
siguientes:
• Dados dos sólidos S 1
y S 2 , construir un tercer sólido
S 3 equivalente a S 1
y semejante a S 2 .
• Dados dos sólidos semejantes
S 1 y S 2 (S 1
> S 2 ), construir un sólidoS
3 semejante a S 1 y
S 2 y equivalente a:
1) S 1 + S 2
2) S 1 – S 2
Décimas, centésimas, milésimas,...
En el opúsculo De Thiende
(1585), escrito en lengua vernácula
y dedicado a los astrónomos, agrimensores,
tapiceros, vinateros, geómetras, banqueros
y todo tipo de mercaderes, Stevin introdujo
el uso sistemático de las fracciones
decimales en las matemáticas europeas.
Dicho tipo de fracciones ya se habían
utilizado por los matemáticos chinos
(s. XIII), por el rabino Immanuel Bonfils de
Tarascón (ca. 1350), por el matemático
alemán Christoff Rudolff (1530), y por
el francés F. Viète en 1579. Además,
en dicho folleto, Stevin planteó la unificación
del sistema de pesas y medidas mediante un método
basado en la división decimal de la unidad.
El contenido del libro está estructurado
en dos partes y un apéndice.
En la primera, a lo largo de cuatro definiciones,
el autor define los números decimales
y presenta un código para representarlos.
Hagamos notar que el sabio de Brujas utilizó
su notación de diversas formas (véase
el cuadro adjunto):

Advirtamos
también que el simbolismo de Stevin es
deficiente, recuerda la notación sexagesimal
y también el simbolismo algebraico de
R. Bombelli (1572).
En la
segunda parte se estudian las operaciones elementales
con números decimales (adición,
sustracción, multiplicación, división
y extracción de raíces).
Por
último, en el apéndice se presentan
diferentes aplicaciones prácticas de
los números decimales en distintos ámbitos
(agrimensura, estereometría, cálculo
astronómico, etc.).
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