Cuando
en 1895 Klein impulsó el nombramiento
de Hilbert como catedrático, hubo quien
le reprochó que traía a aquel
joven para estar cómodo y dominar la
situación. Su respuesta fue: “voy
a nombrar al más incómodo de todos”;
y desde luego hay que reconocer que no tuvo
miedo a alguien que le haría sombra.
Las excepcionales condiciones que había
en Göttingen explican cómo, en 1902,
Hilbert hizo algo inaudito en Alemania: rechazar
la propuesta de una cátedra en Berlín.
En cambio, aprovechó para negociar con
el Ministro una plaza para Minkowski en Göttingen,
y tras lograrlo exclamó: “ahora
somos invencibles”.
Volviendo a las etapas investigadoras de Hilbert,
la siguiente tiene que ver con diversas cuestiones
de análisis, especialmente los trabajos
que conducirían al concepto de espacio
de Hilbert (introducido por J. von Neumann hacia
1930). El contexto de libre discusión
de ideas que existía en Göttingen
fue el origen de estos trabajos: en 1901 un
visitante sueco expuso en el Seminario Matemático
las ideas de Fredholm sobre ecuaciones integrales,
que planteaban una analogía con la teoría
de ecuaciones lineales. Estas ideas dispararon
la productividad de Hilbert en una nueva dirección,
absorbiendo su atención hasta 1912. Desarrolló
aquella analogía considerando ecuaciones
lineales en infinitas incógnitas y varios
tipos de formas cuadráticas, dando así
un gran impulso al análisis funcional
y la teoría espectral. Estas cuestiones
se prestaban a múltiples aplicaciones
en física matemática, y cabe destacar
el tratamiento que dio Hilbert a la teoría
cinética de los gases, a la teoría
de la radiación, pero también
su solución al problema de monodromía
para ecuaciones diferenciales lineales que había
planteado Riemann.
Por estas razones, pero también debido
al enorme prestigio de Hilbert y a la productividad
de Göttingen, ese círculo de cuestiones
del análisis funcional se convirtió
en una moda a nivel internacional. Con todo,
según la opinión de un experto
en el asunto como Weyl, la mayor parte de aquellas
contribuciones fueron de valor efímero,
y “no fue cuestión de mérito
sino un favor de la fortuna” cuando hacia
1923 se descubrió que la teoría
espectral en el espacio de Hilbert era la herramienta
adecuada para el tratamiento matemático
de la física cuántica.
Es característico de la completa personalidad
de Hilbert que a continuación dedicara
su atención a problemas de física
teórica. Pero aquí también
influye el contexto: las condiciones privilegiadas
de Göttingen en estos temas, los largos
esfuerzos de Klein por fomentar el trabajo en
matemática aplicada, y los intereses
de Minkowski. Hilbert impulsó el proyecto
de axiomatizar las teorías físicas
y desarrolló resultados en física
matemática, pero también dedicó
su atención a problemas candentes de
aquellos años como los del átomo
y la relatividad. En este sentido es bien conocido
que en 1915 trabajó en competencia amistosa
con Einstein sobre los problemas de la teoría
de la gravitación relativista. Pero lo
cierto es que, contra lo que se ha dicho, no
hubo aquí un descubrimiento simultáneo
de las ecuaciones de campo einsteinianas: la
discusión con Hilbert sirvió de
ayuda, pero el logro fue enteramente mérito
de Einstein.
La última etapa investigadora de Hilbert,
ya a una edad avanzada, fue su famosa intervención
en la disputa sobre los fundamentos: la formulación
del programa de Hilbert, que daba un giro realmente
novedoso al tema. Las actitudes de Hilbert sobre
los fundamentos evolucionaron desde una preferencia
inicial por el logicismo de Dedekind
en los años 1890. Tras la primera Guerra
Mundial, las críticas a la matemática
“clásica” planteadas
por Brouwer y Weyl le motivaron a intentar “eliminar
de una vez por todas las dudas escépticas
sobre las matemáticas”. Sin
olvidar nunca el contenido conceptual de las
teorías matemáticas ni la importancia
de la intuición, Hilbert apostó
por resolver el problema de los fundamentos
combinando la axiomática con la nueva
lógica formal. Esto permitía una
formalización completa de las teorías
matemáticas conocidas, y el desarrollo
de una teoría de la demostración
que consideraba las demostraciones como resultado
de meras combinaciones de símbolos según
reglas formales prescritas. Ahora, bastaba demostrar
que ninguna derivación formal, ninguna
combinación de símbolos podía
conducir a la fórmula
y con ello quedaría establecida la consistencia
de la teoría formal estudiada.
El trabajo sobre este tema en los años
1920 fue esencial para la maduración
definitiva de la lógica matemática
y para el surgimiento de las teorías
de la computación. Fue una obra colectiva,
con el gran lógico Paul Bernays como
colaborador imprescindible de Hilbert, y con
figuras de la talla de von Neumann realizando
aportaciones originales. Es bien sabido cómo
la genial contribución de Kurt Gödel
en 1931 puso fin al proyecto de demostrar la
consistencia de la aritmética de Peano
por medios finitarios. De todos modos, la aportación
del maestro y su entusiasmo lograron mantener
el rumbo del gran barco de las matemáticas:
pese a que las dudas escépticas nunca
fueron exorcizadas del todo, la matemática
“clásica” siguió gozando
de la mejor salud. Además, no hay que
olvidar el poderoso desarrollo de la lógica
matemática posterior, ni sus decisivas
aplicaciones tecnológicas en el mundo
de los ordenadores.  |