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La
obra de Hilbert sobre geometría se convirtió
en un modelo para el trabajo con sistemas axiomáticos
informales que iba a ser característico
de la matemática del siglo XX. Tampoco
en este caso se trataba de una novedad absoluta:
Hilbert construía sobre las aportaciones
previas acerca de geometría proyectiva
(von Staudt, Reye, Pasch, H. Wiener, Schur),
existían los trabajos de la escuela italiana
(Pieri, Veronese) que sin embargo no influyeron
en él demasiado, y además es importante
tener en cuenta los modelos propiamente aritméticos
(especialmente Dedekind)
que influyen en su obra. Hilbert presentó
un sistema de axiomas que inmediatamente dejaba
obsoleto a Euclides,
y aritmetizó la geometría por
medio de los “cálculos de segmentos”
basados en los teoremas fundamentales de Pascal
y Desargues. Esto le abría el camino
a toda una panoplia de geometrías, incluyendo
también geometrías no arquimedianas.
Hilbert no sólo propuso la idea de que
los axiomas admitían interpretaciones
múltiples, sino que desplegó su
habilidad matemática manejando un gran
número de modelos (muchos puramente aritméticos)
que servían para investigar propiedades
del sistema de axiomas. En esta época,
le interesaban especialmente cuestiones acerca
de la independencia entre los axiomas, y los
cuerpos teóricos que es posible erigir
sobre ciertos grupos de axiomas. Por estas razones
su obra serviría como un modelo esencial
para la investigación de fundamentos
y la práctica axiomática en las
décadas siguientes.
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Página
de los Proceedings del ICM de Paris (1900)
con la conferencia de Hilbert sobre Problemas
Matemáticos |
Otro hito fundamental, y una
de las razones del aura legendaria que ha tenido
Hilbert, fue su conferencia sobre “Problemas
matemáticos” en el Congreso
Internacional de París, en 1900. Por
cierto, no era una conferencia plenaria, aunque
con posterioridad haya aparecido como el discurso
más influyente de aquel congreso; tampoco
parece haber despertado entusiasmo de un modo
inmediato. Pero sin duda Hilbert fue muy ambicioso
al afrontar el reto de “levantar el velo
tras el que se oculta el futuro” de las
matemáticas, y estuvo a la altura de
la ocasión, con lo que de paso logró
influir en ese futuro. En París sólo
hubo tiempo para discutir 10 de sus veintitrés
problemas: la hipótesis del continuo
de Cantor; la cuestión de la consistencia
para la aritmética de los reales; la
axiomatización de teorías físicas;
varios problemas de teoría de números,
incluyendo la conjetura de Riemann; una cuestión
sobre curvas y superficies definidas por ecuaciones
polinómicas; las soluciones analíticas
de los problemas regulares en cálculo
de variaciones; la existencia de ecuaciones
diferenciales ordinarias que correspondan a
grupos monodrómicos dados; y una cuestión
de Poincaré sobre la parametrización
de curvas algebraicas por medio de funciones
automorfas.
Ahora bien, ya que hemos mencionado el mito
Hilbert, conviene analizarlo un poco, y nada
mejor que citar a uno de sus discípulos
más aventajados, Hermann Weyl:
Hilbert
imprimió el sello de su espíritu
sobre toda una era de las matemáticas.
Y sin embargo no creo que baste su investigación
para explicar el brillo que irradiaba de él,
ni su tremenda influencia. Gauss
y Riemann, por mencionar otros dos hombres de
Göttingen, fueron matemáticos de
más talla que Hilbert, y sin embargo
su impacto inmediato sobre sus contemporáneos
fue indudablemente menor. No hay duda de que
esto se debe en parte a las cambiantes condiciones
de los tiempos, pero probablemente fue más
determinante el carácter de estos hombres.
Hilbert estaba lleno de entusiasmo por la vida,
por relacionarse con otra gente, y por disfrutar
intercambiando ideas científicas. Tenía
su propia y libre manera de aprender y enseñar
… a través de conversaciones …
en largas caminatas a través de los bosques
que rodean Göttingen, o, en los días
lluviosos, como peripatéticos, en el
paseo cubierto de su jardín. Su optimismo,
su pasión espiritual y su fe inquebrantable
en el valor de la ciencia eran irresistiblemente
contagiosos.
Esta
pasión y ese optimismo se reflejan también
en la florida retórica de sus discursos,
por ejemplo en el célebre “wir
müssen wissen, wir werden wissen”
[debemos saber; llegaremos a saber], o en sus
referencias al “paraíso de
Cantor”, que de paso demonizaban
a figuras como Kronecker o Brouwer.
Pero también fue importante el tiempo
y el lugar: la pequeña pero poderosa
universidad de Göttingen, sobre todo en
los “días de gloria” anteriores
a 1914, con un impresionante grupo de profesores
entre los que descollaban Hilbert y Minkowski,
con numerosos discípulos de alto nivel
y visitantes extranjeros, todo ello orquestado
por ese gran político científico
que fue Felix Klein. Fue Klein quien a lo largo
de años, ganándose la confianza
del poderoso ministro de Educación Althoff,
convirtió a Göttingen en el centro
matemático más importante del
mundo, atrayendo a numerosísimos visitantes.
Gracias a él se crearon allí Institutos
dedicados a cuestiones de física, matemática
aplicada y mecánica, aerodinámica,
etc. Weyl lo recuerda así: “Klein
reinaba sobre nosotros como un dios distante,
‘divus Felix’, desde arriba de las
nubes”. 
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