JOVEN
Y REVOLUCIONARIO:
No siempre los grandes matemáticos están alejados
de las controversias políticas de su época. Unos
se han acercado a las mismas desde posiciones completamente reaccionarias
(como es el caso de Cauchy), mientras que otros lo han hecho desde
un punto de vista revolucionario. Es lo que pasa con Galois, que
además ejemplifica cómo se puede influir en el futuro
desde la extrema juventud y con una obra que no pasa de algunas
decenas de páginas.
Evariste Galois, nació en 1811 en los alrededores de París,
en el momento del máximo esplendor del Imperio de Napoleón,
en una familia republicana, que sufre las dificultades de la caída
en 1814 de Napoleón y la vuelta de la monarquía
derrocada en la Revolución de 1789.
Estudió al
principio en su casa bajo la dirección de su madre, para
ir más tarde a uno de los centros más prestigiosos
de París, el Liceo Luis el Grande, donde está en
todo su apogeo la contrarrevolución educativa. Tras unos
años de estudio descubre las matemáticas durante
el curso 1826/27 y le producen un deslumbramiento intelectual
de tal calibre que se dedicará con toda su energía
a las mismas, ‘olvidando’ el resto de las materias.
Tiene además la suerte de encontrar en el Liceo un gran
profesor de matemáticas, M. Richard, al tanto de los últimos
avances de las mismas, que reconoce el genio de Evariste para
las matemáticas y le ayuda en sus estudios, y hasta le
presenta en la ‘sociedad’ matemática. Richard
se dio cuenta del valor de los resultados que lograba su alumno
y guardó durante toda su vida los manuscritos que le entregaba
Evariste y los dejó a su muerte a otro gran matemático,
Ch. Hermite, pensando que también él sabría
apreciar su valor (hoy se conservan en la Biblioteca del Instituto
de Francia). Incluso logra que a los 17 años (en 1829)
le publiquen un artículo (‘Demostración de
un teorema sobre las fracciones continuas periódicas’)
en la revista ‘Annales de mathématiques pures et
appliquées’.
Los elogiosos juicios de Richard constan en las calificaciones
que escribe sobre Evariste durante el curso: “Este alumno
tiene una destacada superioridad sobre todos sus compañeros”,
y también “este alumno no trabaja más que
las partes superiores de las matemáticas”.
Intentó Galois entrar en la Escuela Politécnica,
el centro de estudios científicos más prestigioso
de Francia, sin el curso de preparación habitual, en el
que se aprendía sobre todo las manías de los profesores
y las triquiñuelas técnicas, pero suspendió
el examen. Antes de su segundo y definitivo examen (solo había
dos posibles intentos) sucedieron unos hechos que le causaron
una gran impresión: el suicidio de su padre, tras una depresión
provocada por una campaña de calumnias llevada a cabo por
los elementos mas reaccionarios de su localidad. Pocos días
después tiene lugar el examen, que la leyenda dice que
acabó con el lanzamiento del borrador por parte de Galois
a la cabeza de uno de los examinadores, después de hacer
un estupendo examen pero sin seguir los caminos habituales y en
el que los miembros del tribunal le pusieran sencillas objeciones
que él interpretó como un intento de humillarle.
Se cerró así las puertas de esa escuela y se tuvo
que conformar con entrar en la Escuela Normal (incluso utilizando
recomendaciones), donde se formaba a los futuros profesores de
secundaria, un centro de mucho menor nivel que la Politécnica.
Allí entró en contacto con grupos de lo que hoy
llamaríamos ‘extrema izquierda’, que luchaban
por el derrocamiento de la monarquía de los Borbones y
la vuelta de la república.
No pudo participar en la Revolución de 1830 porque el Director
de la Normal encerró a los alumnos en el centro, y después
del final frustrado de la misma con la llegada al trono de Luis
Felipe continuó su lucha por la Revolución, lo que
le llevó a ser expulsado de la Escuela y más tarde
detenido y llevado a prisión, antes de cumplir 20 años.
Fue absuelto y salió de la misma, pero pocos días
después fue detenido de nuevo y ya estuvo en la cárcel
casi 10 meses. Durante esos años tan agitados no dejó
de trabajar en diferentes aspectos matemáticos y de redactar
Memorias , que enviaba a la Academia de Ciencias de París,
formada por una importante constelación de grandes matemáticos,
pero pagados de sí mismos, que no le entienden y que tampoco
hacen ningún esfuerzo por tratar de hacerlo. Alguna de
esas Memorias enviadas a la Academia la ‘pierde’ Cauchy
, como ya había hecho con otro trabajo enviado años
antes por Abel, y todas son rechazadas como no comprensibles (el
Informe de Poisson sobre una de ellas termina con “Comoquiera
que sea, hemos hecho todos los esfuerzos por comprender la demostración
del Sr. Galois. Sus razonamientos no son ni bastante claros ni
bastante desarrollados para que hayamos podido juzgar su exactitud
y no estaríamos incluso en disposición de dar una
idea de ellos en este Informe. El autor anuncia que la proposición
que es el objeto especial de su Memoria es una parte de una teoría
general susceptible de muchas otras aplicaciones. A menudo sucede
que las diferentes partes de una teoría, iluminándose
mutuamente, son más fáciles de entender en su conjunto
que aisladamente. Se puede pues esperar que el autor haya publicado
su trabajo completo para formarse una opinión definitiva;
pero en el estado en que está la parte que ha sometido
a la Academia, no podemos proponeros de darle vuestra aprobación”).
Al poco de salir de la cárcel por segunda vez, en medio
de problemas económicos por su supervivencia tiene un duelo
a pistola por razones no dilucidadas (sea una provocación
policíaca, sea por un amor despechado o bien un suicidio
disfrazado de asesinato provocado por la policía política
para intentar sublevar a las masas) que finaliza con una herida
en el abdomen que le provoca la muerte el 31 de mayo de 1832,
cuando aún no había cumplido 21 años.
Página de la carta-testamento
escrita la noche del 29 de Mayo de 1832, dirigida a su amigo A.
Chevalier.
Dedicó su vida a la Revolución (que no pudo ver,
pero a la que contribuyó con entusiasmo juvenil) y a cambiar
las Matemáticas, en la que efectivamente (pasados algunos
años como veremos más adelante) provocó una
revolución que se desencadenó tras su muerte prematura..
Galois y
la enseñanza
Galois fue muy crítico con un sistema educativo en que
lo más importante era repetir los resultados ajenos y que
dificultaba la iniciativa personal y la imaginación. Su
punto de vista es completamente actual y muchos de sus párrafos
parecen haber sido escritos hoy mismo.
En los primeros días
del año 1831 publicó en la ‘Gazette des
Ecoles’ el artículo “Sobre la enseñanza
de las ciencias” en el que pone en cuestión
la enseñanza de las materias científicas en su país.
Hay que tener en cuenta que en ese momento Francia estaba a la
cabeza de Europa en todas las disciplinas científicas y
su organización escolar era motivo de envidia por el resto
de los países que iban a copiarlo en los próximos
años (o estaban haciéndolo ya). Por eso hay que
destacar la clarividencia de Galois, que quería ir más
allá. Entre otras cosas dice:
“De entrada, en las ciencias las opiniones no cuentan para
nada; los puestos no tendrían que ser la recompensa de
una u otra manera de pensar en política o en religión.
(...) No podía pues ver sin dolor e indignación
que, en el gobierno de la Restauración, se transformaban
los puestos en el botín de los que más ideas monárquicas
y religiosas ofrecían. (...) En [los colegios] la mayor
parte de los alumnos de matemáticas se dirigen a la Escuela
Politécnica; ¿qué se hace para ponerlos en
disposición de lograr ese objetivo? ¿Se busca hacerles
concebir el verdadero espíritu de la ciencia exponiéndoles
los métodos más simples? ¿Se procede de forma
que el razonamiento se vuelva para ellos una segunda memoria?
¿No hay, por el contrario, cierto parecido con la forma
en que se enseña el francés y el latín?
¿Hasta cuándo
los pobres jóvenes estarán obligados a escuchar
o repetir todo el día? ¿Cuándo se les dejará
tiempo para meditar sobre ese montón de conocimientos,
para coordinar esa multitud de proposiciones sin continuación,
de cálculos sin relación? ¿No tendría
alguna ventaja el exigir a los alumnos los mismos métodos,
los mismos cálculos, las mismas formas de razonamiento,
si eran a la vez los más simples y los más fecundos?
Pero no, se enseña minuciosamente teorías truncadas
y cargadas de reflexiones inútiles, mientras que se omiten
las proposiciones más simples y más brillantes del
álgebra; en lugar de eso, se demuestra con gran coste de
cálculos y con razonamientos siempre largos, y a veces
falsos, corolarios cuya demostración se hace por sí
sola.
Por otra parte, ¿por qué los examinadores no hacen
las preguntas a los candidatos mas que de una manera enredadora?
Parecería que temieran ser entendidos sobre lo que preguntan
(...) El alumno está menos ocupado en instruirse que en
aprobar su examen”.
Galois y las matemáticas
En el renacimiento italiano
se encuentra la fórmula para resolver la ecuación
general de cuarto grado. Es una expresión en las que solamente
intervienen los coeficientes de la ecuación y raíces
hasta de exponente cuarto. Este resultado corrobora lo que sucede
con las ecuaciones de grado 2 y 3 (en cuya solución general
hay raíces de exponentes 2 y 3)
Acababa el siglo XVIII
cuando Gauss (1777-1855) presentó en 1799 su tesis doctoral
en la que aparecía el ‘teorema fundamental del álgebra’
que establece de forma rigurosa que toda ecuación polinómica
con coeficientes reales se puede descomponer de forma única
como producto de factores de primero y segundo grados, y en consecuencia
que toda ecuación de ese tipo tiene al menos una raíz
(real o imaginaria). Este era un resultado general pero que no
establecía el método efectivo de hallar esas raíces.
Vistos los datos anteriores era una hipótesis razonable
pensar que una ecuación de quinto grado tendría
cinco soluciones reales o imaginarias, diferentes o repetidas;
pero no se había encontrado la fórmula para encontrarlas,
aunque, caso de que la hubiera, también era razonable suponer
que contendría raíces de grado cinco. Y, generalizando
un poco, que las de grado seis se resolverían con raíces
sextas, las de grado siete con raíces de ese mismo grado
y así sucesivamente. Era cuestión de ponerse a trabajar
para encontrar la solución de la ecuación de quinto
grado y después seguir. Se dedicaron a ello muchos grandes
matemáticos de la época, como Lagrange (1736-1813),
Cauchy (1789-1857) y sobre todo Ruffini (1765-1822) que fue el
que más avanzó hacia el resultado final, aunque
no llegó a completarlo. Esa sería la labor de Abel
(1802-29) que el año 1823 (cuando tenía 21 años)
obtuvo el resultado definitivo: la ecuación general de
quinto grado no era resoluble por radicales, ni de índice
cinco ni de ningún otro. Con eso se daba un paso importante
al cerrar el problema de la búsqueda de fórmulas
de resolución. Todavía quedaban otros aspectos importantes
por abordar, en particular las condiciones que debían cumplir
ecuaciones particulares para que sí se pudieran resolver.
La forma en que Abel
‘resolvió’ el problema de la resolución
de la ecuación general de quinto grado demostrando su imposibilidad
es la primera vez en la historia que un problema tenía
este final, y sería el inicio de una larga lista de imposibilidades
(con la destacada de la indecibilidad del lenguaje aritmético,
establecido por Gödel en 1931). Hasta ese momento cuando
un problema no se sabía resolver se consideraba que es
que no se seguía el camino apropiado o que no se tenían
los instrumentos necesarios para resolverlo, pero se tenía
el convencimiento de que antes o después se lograría
resolver.
La contribución genial de Galois a la teoría de
resolución de ecuaciones fue la determinación de
las condiciones en las que una ecuación es resoluble por
radicales, lo que da como consecuencia que para todo n > 4
haya ecuaciones polinómicas que no son resolubles por radicales.

Una página de las “Mémoire
sur les conditions de resolibilité des equations par radicaus”
de la publicación de las obras de Galois de1897
En esencia el resultado
de Galois sobre resolubilidad por radicales de una ecuación
tiene que ver con una serie de subgrupos (de un tipo especial
llamados normales) del grupo de permutaciones, cada uno subgrupo
del anterior, asociados a lo que llama Galois resolventes de la
ecuación. Y este resultado es que una ecuación es
resoluble por radicales si y solo si los índices de todas
las etapas de esa sucesión de subgrupos son números
primos. Eso es lo que pasa en todas las ecuaciones de grado 4,
puesto que el orden de S(4) es 24, y nos lleva a una serie de
subgrupos de índices 3,2,2 y 2, todos primos. En el caso
de la ecuación general de grado n > 4, S(n) tiene n!
elementos y nos lleva a una serie de dos subgrupos de índices
2 y n!/2, y este último número nunca es primo, luego
la ecuación general de grado n > 4 no es resoluble por
radicales.
Basten las pocas líneas
anteriores para mostrar la aportación de Galois a la teoría
de resolución de ecuaciones, que fue de tal calibre que
acabó con el propio objeto del álgebra, pasando
a partir de sus resultados a poner el acento en el estudio de
las estructuras algebraicas. Así comienza lo que aún
hoy se conoce como ‘matemáticas modernas’,
de las que la ‘Teoría de Galois’ sigue siendo
una parte plenamente vigente.
Fue tan avanzado
que sus resultados, que redacta la noche anterior al duelo y encarga
a su amigo A. Chevalier que publique, nadie los entiende durante
un tiempo. Tendrían que pasar doce años para que
vuelvan a ver la luz, cuando Liouville en 1843 anuncia en la Academia,
que tan poco caso le hizo unos años antes, que había
encontrado entre los papeles de Galois una solución concisa,
pero tan exacta como profunda de este bello problema: ‘Dada
una ecuación de grado primo, decidir si es o no es resoluble
por radicales’. Y tres años más tarde, el
mismo Liouville publica en la revista que dirige (‘Journal
de mathématiques pures et appliquées’) una
reedición de los artículos de Galois junto con sus
dos memorias inéditas. Aunque tardía, su repercusión
y su influencia fueron inmensas en las matemáticas desde
la segunda mitad del siglo XIX hasta nuestros días
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