Sigue
trabajando intensamente, publicando textos sobre
los eclipses: "Cartas sobre los eclipses",
de 1613; en relación a la diversidad
entre los conceptos de forma, volumen y peso
de los cuerpos flotantes: "Discurso sobre
las cosas que flotan en el agua o que en ella
se desplazan", de 1612; y sobre la física
y la astronomía aristotélicas,
en "Cartas a la Gran Duquesa", de
1616, remitidas a Cristina de Lorena, auténtica
dirigente del estado de Toscana. No obstante,
esta actividad frenética, el caudal de
reconocimientos que va atesorando y su carácter
irascible, pasional, propenso a descalificar
a sus oponentes con saña (como ocurriera
durante la experimentación sobre la flotación
del hielo en el agua ante Cosme II, burlándose
de su colega Ludovico Delle Combe); le grajea
no pocas enemistades, celosas de sus éxitos
y prestas a denunciar cualquiera de sus afirmaciones
que se mostraran en contra de la teoría
aristotélica, doctrina oficial de la
Curia Romana. Recelos que se ven incrementados
por su empeño arriesgado en defensa de
la visión copernicana del Cosmos, que
refrenda en las cartas a Cristina de Lorena,
en alegato a favor de un apasionado discurso
que pronunciara su pupilo Castelli en la plaza
central de la ciudad toscana. Escribe a la gran
Duquesa:
"Mantengo que el Sol está localizado
en el centro de las revoluciones de las órbitas
y no cambia de lugar y que la Tierra rota sobre
sí misma y alrededor de él..."
Ya desde 1597, en carta remitida a Johannes
Kepler, profesor en Gratz, Galileo abundaba
en la idea del heliocentrismo, de la cual también
hizo partícipe a Clavius. Clavius, antiguo
protector del pisano, se mofa de sus convicciones;
mientras que en Europa numerosos científico
se adhieren con fervor a sus razones. Destacan,
entre otros Marino Mersenne, quien llegó
a escribir "¡Galileo! ¿Quién
será capaz de enumerar sus descubrimientos?
Tan sólo con su telescopio casi ha descubierto
más cosa que las hasta ahora conocidas";
Cavalieri, que se consideró a sí
mismo discípulo de Galileo, tras conocerlo
por intervención del cardenal Borromeo,
con quien mantuvo contacto durante largo tiempo
buscando, en especial, la aprobación
del toscano de la teoría de sus Indivisibles,
y quien recibiera su reconocimiento cuando puntualizó:
"...pocos, si no nadie, desde Arquímides
ha avanzado tan lejos y con tanta profundidad
en la ciencia de la Geometría";
o Torricelli, quien a través de Castelli
contacta con Galileo en busca de asesoramiento
en sus trabajos sobre Matemáticas y Astronomía.
Tras el proceso en contra de este último,
Torricelli centra su atención en el movimiento
parabólico de los proyectiles, mas, no
abandona a su maestro y se ofrece como ayudante
en la última etapa de su vida en Arcetri
y con él comparte los últimos
meses de 1641.
En el momento histórico en el que nos
encontramos, Galileo parece contar con el apoyo
y el respeto del grueso de la comunidad científica
continental y de algunos miembros del curato
romano y toscano. En particular, figuras de
la talla de Sarpi, su antiguo amigo veneciano;
Clavius y sus correligionarios del Colegio de
los jesuitas romanos; los cardenales Belarmino
y Barberini, el último de los cuales
fuera ungido con la tiara papal en 1621, bajo
el nombre de Urbano VIII; fueron adalides en
defensa del pisano. Por el contrario, los matemáticos
de Pisa: Delle Combe y Lorini, entre ellos;
y los miembros de la congregación dominica
con Caccini como figura más sobresaliente,
emprendieron una feroz persecución de
la obra galileana. Consciente del peligro que
podía suponer este acoso, Galileo acude
de nuevo a Roma en 1624, donde se entrevista
con el Papa, a quien había dedicado su
librito "El ensayador", escrito en
1623 y de quien recibe su pláceme para
publicar su nuevo tratado "Diálogo
sobre los dos principales sistemas del mundo",
que irá redactando bajo el atento seguimiento
del mismo Pontífice.
En "El ensayador, Galileo descubre sin
ambages su concepción de la Naturaleza
y sus posibles tratamientos cognoscitivos. En
él aparece citada la célebre proclama,
que lo convirtiera en padre y precursor de la
Ciencia Moderna:
."La filosofía (la Naturaleza
está escrita en ese gran libro que siempre
está delante de nuestros ojos -quiero
significar el Universo- pero que no podemos
entender si no aprendemos primero el lenguaje,
y comprendemos los símbolos en los que
está escrito. El libro está escrito
en lenguaje matemático, y los símbolos
son triángulos, circunferencias y otras
figuras geométricas, sin cuya ayuda es
imposible comprender ni una palabra de él,
sin lo cual se deambula en vano a través
de un oscuro laberinto"
Cita que revela en toda su grandeza la mayor
contribución galileana al desarrollo
y expansión de la Metodología
Científica.
Por el contrario, "El Diálogo..."
es una obra que presta especial atención
a los aspectos filosóficos que dimanan
de sus descubrimientos. En ellas tres interlocutores:
Sagredo, Simplicio y Salvati, cuyos nombres
remiten a personajes reconocibles en el entorno
vital y profesional de Galileo (en concreto,
Sagredo corresponde al gentilicio de unos de
sus amigos vénetos, quien le recomendara
no abandonar los aires libres de la República;
Simplicio es apelativo que el pisano recupera
de la tradición grecolatina en rememoración
del filósofo neoplátonico Simplicio,
muerto en el año 500 d. C.; y Salvati
es escogido como personaje en reconocimiento
a su estimado colega); dialogan sobre numerosas
cuestiones relativas a las dos concepciones
del Cosmos. La aristotélica oficial va
siendo presentada con tosquedad manifiesta por
Simplicio, quien no cuestiona las verdades aceptadas
como inmutables del sistema aristotélico
ptolomeico. Mientras, es refutado con perseverancia
por Sagredo, manteniendo Salvati una prudencial
actitud de reserva, aunque en puntuales ocasiones
es el encargado de abrir el debate con sus preguntas,
presuntamente ingenuas. El libro recupera y
organiza las teorías de Galileo, quien,
prudentemente, elude toda controversia que pudiera
incidir en cuestiones cercanas a la religión.
Su publicación en 1632, concita el interés
desmedido y apasionado de toda la comunidad
científica internacional; mas, los detractores
del pisano embarbascan la voluntad del Papa
Urbano, consiguiendo convencerlo sobre la intensión
de Galileo de ridiculizar a su Santidad, al
identificarlo con ánimo de burla con
el personaje de Simplicio. Inmediatamente actúan
los ejecutores del Tribunal de la Inquisición,
que prohiben la edición y distribución
de la obra; y comienza el Proceso contra Galileo.
La historia de dicho Proceso es bien conocida,
pues ha sido comentada, discutida y recreada
en el teatro y el cine (remitámosno a
las obras de Bertold Brecht y de Liliana Cavani);
pero, con todo, existen antecedentes previos
que conllevan el esclarecimiento del desorbitado
ensañamiento de los inquisidores contra
un personaje célebre y de reconocida
solvencia, incluso en ambientes eclesiales.
Debemos entonces retomar el primer encuentro
de Galileo con el cardenal Belarmino. Ya sabemos
que este, el 19 de abril de 1611 solicita oficialmente
a Clavius opinión oficial del Colegio
Romano sobre las observaciones del pisano. Clavius
le remitió un informe, confirmando todos
los postulados, aunque sin incluir comentario
de ningún tipo. En otro orden de cosas,
la curia romana, enfrascada en la lucha contra
la rebelión luterana y calvinista, encuentra
ajenas las ideas copernicanas a la doctrina
católica; que estiman injuriosas respecto
de las verdades vertidas en la Biblia; y, en
consecuencia, condena su difusión bajo
pena de persecución en 1616. En ese mismo
año, Galileo intenta entrevistarse con
Belarmino, quien lo recibe rodeado de los dominicos
más renombrados. Así, desde el
26 de febrero de 1616, el pisano conoce que
su obra debe ser matizada y maquillada para
no hendir la daga de la desobediencia en las
mentes del Santo Oficio. Sin embargo, la tozudez
que caracterizara la personalidad galileana
ya había incidido en el entramado de
maquinaciones que lo llevaría a adjurar
de su concepción heliocéntrica
el 22 de junio de 1633 en el Convento de Santa
María Sopra Minerva, ante un nutrido
tribunal de dominicos abstrusos. El desenlace
ya estaba diseñado de ante mano, desde
que conociera en 1615 la admonición que
le remitiera Barberini, donde le sugería:
"...veros obrar con más prudencia
no invocando sobre estos temas más argumentos
que los utilizados por Ptolomeo y Copérnico;
es decir, sin saliros de los límites
de la física y de la matemática.
Pues, para los teólogos la explicación
de las Escrituras es su coto privado..."
Galileo desoye los consejos
de su valedor más influyente, y en una
de sus cartas a Roma, responde con contumacia:
"No quiero que hombres de talento piensen
que para mí las ideas de Copérnico
no son más que una hipótesis matemática
sin realidad. Dado que soy uno de los más
fervorosos partidario de estas ideas, pensaría
que esta opinión es compartida por todos
los demás partidarios de Copérnico
y que su teoría tiene más posibilidades
de llegar a ser falsa que físicamente
justa. En mi opinión, esto sería
un error".
Tras la condena, Galileo y el grueso de la comunidad
científica se ven obligados a ocultar
sus trabajos o a interesarse en temas ajenos
a la interpretación de los Testamentos.
J. Kepler se retira a Suecia, y retrasa la publicación
de su "Método" hasta 1637;
Cavalieri retoma sus estudios de los indivisibles,
publicados en 1635, descuidando sus preocupaciones
astronómicas, que tanto comentara con
el pisano; Torricelli abunda en su análisis
sobre las trayectorias de los proyectiles y
sus trabajos sobre hidrodinámica, que
comienza a editar con su tratado "De motu
gravium" de 1644; y el propio Galileo,
recluido a perpetuidad en su villa de Arcetri,
consigue retomar el espíritu juvenil
de Padua para redactar su última obra:
"Discurso sobre dos ciencias nuevas";
que escribe contando con el apoyo de su confidente
Vincenzo Viviani y la ayuda de Torricelli; mientras
el pisano, ciego desde 1638 y enfermo desde
48 años atrás, resiste con tenacidad
tras la muerte de su hija predilecta Virginia,
monja en el convento de San Mateo, hasta su
fallecimiento a las cuatro de la madrugada del
9 de enero de 1642.
El manuscrito de los "Discorsi..."
fue confiado al duque de Noailles, embajador
del rey de Francia, Luis XIII, quien los remitió
a Leiden, Holanda, donde fue impreso por Elzevir
en 1638. Este texto, en buena parte revisión
de sus trabajos desarrollados en su estadía
en la Corte véneta, presenta el perfil
más matemático del autor; bien
lejano de otra de sus pasiones: el diseño
y construcción de diversos artilugios.
Entre ellos se encuentra el perfeccionamiento
del telescopio, la invención de una máquina
para elevar agua (1593), la construcción
del compás de proporción (1597),
la mejora en la ergonomía del termómetro
(1606), la invención de un método
para determinar las longitudes en el mar (1612,
que interesó notablemente a los gobernantes
hispanos), la construcción de un reloj
de péndulo (1641), etc.; instrumentos,
que, en opinión de no pocos hagiógrafos
insistía en diseñar en busca de
recursos extras que le posibilitaran afrontar
sus cuantiosos gastos de cortesano. Por lo demás
en épocas de penuria, Galileo no excluyó
la práctica de la Astrología,
ni la enseñanza particular a los hijos
de sus ilustres mentores, aunque existen visiones
contradictorias sobre la relevancia que podría
otorgarse a la práctica galileana de
tales actividades.
"Los Discorsi..." están escritos
contando con una metodología similar
a sus "Diálogos...", donde,
de nuevo Salvati, Sagredo y Simplicio debaten
y contraponen sus visiones antagónicas
sobre diversas cuestiones de carácter
físico-matemático. Así,
entre otras cuestiones, tratan sobre el movimiento
uniforme y el movimiento uniformemente acelerado
de los cuerpos, sobre las trayectorias seguidas
por los proyectiles y sobre el infinito y sus
paradojas. Los primeros resultados son demostrados
por Galileo con ayuda exclusiva de la teoría
de las proporciones de Euclides,
aunque asume en cierta forma el concepto de
velocidad como límite o aproximación
hasta el infinito y se adentra en la complejidad
del término integral que asume como "massa"
de velocidades a "agregatum" de estas.
Ya en el análisis del movimiento acelerado
y en la trayectoria parabólica de los
proyectiles se halla más cerca de las
teorías que se iban asentando con firmeza
entre sus coetáneos, y, basándose
en métodos gráficos, retoma con
mayor proximidad la metodología de Arquímides.
Conociendo el método de los indivisibles
de Cavalieri (que en 1621 reconociera como teoría
con necesidad de precisión rigurosa en
sentido de la matemática helénica),
se involucra pausadamente en los nuevos métodos,
que le conducen en la última jornada
de discusión de sus interlocutores a
afrontar una novedosa concepción del
infinito. . .