|
Entretanto, Dedekind había
publicado otras dos versiones de la teoría
de ideales, en sendas reediciones del libro
de Dirichlet (1879 y 1893). Estas nuevas versiones
introducían cambios muy importantes,
guiados por un ideal de pureza de método.
Dado que el punto de partida de la teoría
eran definiciones de estructuras conjuntistas,
el método de trabajo debía basarse
en el manejo lo más directo posible de
conjuntos y morfismos.
Dedekind era, en cierto sentido, más
un sistemático que un matemático
orientado a la resolución de problemas.
En su afán de pureza, y de acuerdo con
el espíritu “aritmetizador”
de la época, llegó a sugerir en
algún momento que el álgebra debía
olvidarse de los polinomios. Pero ese mismo
afán le llevó a desarrollar métodos
que tenían un gran potencial de generalización;
de ahí la famosa frase que Emmy
Noether solía repetir a sus colaboradores:
“ya está todo en Dedekind”
(es steht alles schon bei Dedekind).
La versión de 1893 incluía un
nuevo tratamiento de la teoría de Galois,
muy abstracto para la época, en términos
de grupos de automorfismos del cuerpo correspondiente.
Resultados como el teorema sobre independencia
lineal de los automorfismos prefiguran el modo
de trabajo del álgebra abstracta de los
años 1920 (Artin, Noether).
Sin embargo, los matemáticos de su momento
se quejaban de tanta abstracción. Frobenius,
que conocía bien a Dedekind y su trabajo,
bromeaba diciendo que iba demasiado lejos y
que sus morfismos eran “demasiado incorpóreos”
(recuérdese que fue Dedekind quien introdujo
el término “cuerpo”). Les
parecía que con medios más tradicionales
se podían desarrollar los resultados
de un modo más económico y elegante,
y así lo hizo por ejemplo Hilbert en
su célebre Zahlbericht de 1897. Dedekind
respondía que si elaboraran todo desde
el principio y justificaran todos los pasos,
el desarrollo al modo habitual resultaría
más largo y complejo que el suyo. Pero
su enfoque purista y abstracto tardó
en imponerse.
En 1882, Dedekind publicó junto a su
buen amigo Heinrich Weber (entonces profesor
en Königsberg, con el joven Hilbert entre
sus alumnos) un trabajo fundamental sobre curvas
algebraicas bajo el título “Teoría
de las funciones algebraicas de una variable”
(Journal für die reine und angew. Mathematik).
Se establecía aquí un paralelismo
muy notable con la teoría de ideales,
y por esta vía puramente algebraica se
llegaba a dar una definición de los puntos
en una superficie de Riemann y se alcanzaba
a demostrar el teorema de Riemann-Roch. El cambio
con respecto al tratamiento habitual de estas
cuestiones era de nuevo inmenso, los autores
describían su método como “simple
pero a la vez riguroso y plenamente general”.
El tipo de paralelismo estructural que aquí
se plantea sería premonitorio de la matemática
del siglo XX. Se abría el camino a la
geometría algebraica, que también
recibió por entonces estímulos
de Kronecker, el gran “contrincante”
de Dedekind.
A propósito de Kronecker, famoso por
su enfrentamiento con Cantor, no está
de más recordar que fue todavía
más beligerante con Dedekind. (Si éste
se lo tomó relajadamente, la razón
hay que buscarla en las grandes diferencias
entre su personalidad y la del genial pero inestable
Cantor.) Kronecker y Dedekind compartían
casi todo: campos de trabajo –teoría
de números, álgebra, curvas algebraicas–,
interés por los fundamentos y capacidad
para ir a fondo en ambas direcciones. Pero había
buenas razones para su enfrentamiento, no casual
sino sintomático de dificultades que
ya no desaparecerían. Se trataba del
enfrentamiento entre los métodos y concepciones
de la matemática moderna, conjuntista
y estructural, por un lado, y por otro los métodos
y concepciones de la matemática constructivista
(que en cierta medida seguía más
apegada a los modos de hacer tradicionales).
Kronecker fue, en efecto, un antecesor muy coherente
de Brouwer, Weyl, Lorenzen o Bishop, partidario
de que todos los objetos matemáticos
fueran definidos o construidos explícitamente
a partir de los números naturales, sin
recurrir al artificio de los conjuntos infinitos.
Nada más lejano del punto de vista de
Dedekind, quien creía, con cierta ingenuidad,
que recurrir a conjuntos infinitos eran simplemente
hacer uso de la lógica y del pensamiento
racional.
Siendo como era profesor en una Escuela Técnica,
Dedekind no tuvo discípulos, no creó
escuela. Pero además de la influencia
de sus escritos, magníficamente presentados,
estuvo su colaboración con grandes matemáticos
como el citado Heinrich Weber, como Frobenius,
etc. Años después de su artículo
conjunto, Weber publicó un manual de
álgebra que sería obra de referencia
obligada durante tres décadas. La correspondencia
con Frobenius, publicada hace poco, desempeñó
un papel importante en el desarrollo de la teoría
de caracteres de grupos. Las indicaciones de
Dedekind fueron importantes para orientar a
Frobenius, y también lo fue el trabajo
de aquél sobre números hipercomplejos
publicado en 1885. En una de las cartas escribe
Frobenius:
Hace ya mucho tiempo me sorprendía que
no hubiera Ud. participado más activamente
en el desarrollo de la teoría abstracta
de grupos, pese a que, dada su disposición,
este campo debía haberle resultado especialmente
atractivo. Ahora veo que se ha ocupado Ud. de
ella durante diez años, pero sin compartir
con sus amigos y admiradores (¿quizá
también, desgraciadamente, dada su disposición?)
sus resultados extremadamente bellos.
Y por supuesto está la famosísima
correspondencia con Cantor, sobre todo de 1872
a 1882, en la que éste iba desarrollando
sus geniales ideas nuevas y las sometía
al riguroso análisis de su colega. Es
a Dedekind a quien Cantor dirige la conocida
frase “lo veo pero no lo creo” (añadiendo
“mientras no me dé Ud. su aprobación”)
en referencia a la equipotencia de los continuos
de cualquier número de dimensiones.
El trabajo de Dedekind sobre fundamentos del
número estaba íntimamente ligado
con su investigación en álgebra
y teoría de números. Este tipo
de interacción es distintiva de su obra,
y precisamente es lo que le condujo a dar con
nociones fundamentales que tenían a la
vez la generalidad necesaria para reconstruir
todo el edificio de la matemática pura.
Igual que veía el álgebra en términos
de estructuras (esencialmente cuerpos o subestructuras
de cuerpos) y morfismos, acabó reduciendo
el concepto de número a conjuntos y aplicaciones.
Nacía así, en paralelo con las
novedosas contribuciones de Cantor, el enfoque
conjuntista de los fundamentos. Lo característico
y muy original de Cantor fue su fantástico
viaje de exploración de lo que él
llamaba transfinito; pero en lo relativo a reformular
la matemática dentro del enfoque conjuntista,
Dedekind fue más lejos y además
se anticipó.
El primer paso fundamental en esa dirección
lo dio Dedekind en 1858, cuando ideó
la definición de los números reales
mediante cortaduras, insatisfecho porque hasta
entonces la teoría de límites
se apoyaba en evidencias geométricas.
Dedekind advirtió que las propiedades
de orden denso de los números racionales
hacían posible utilizar el fenómeno
de las cortaduras para definir los reales. Una
cortadura es una partición de Q
en dos subconjuntos disjuntos (A1,
A2 ) tal que cada número de
A1 es menor que todo número
de A 2. El conjunto de los números
reales es (en esencia) el conjunto de todas
las cortaduras sobre Q, y Dedekind
demostraba rigurosamente que dicho conjunto
es continuo.
De este modo, podía demostrar con rigor
que toda sucesión estrictamente creciente
y acotada de reales tiene por límite
un número real. Con ánimo polémico,
Dedekind escribió que hasta ese momento
nadie había dado los medios para demostrar
que:
2• 3
= 6.
De nuevo, su trabajo quedó muchos años
sin publicar, y la razón –si creemos
a su autor– fue que no era original, sino
que cualquier buen matemático que decidiera
prestar su atención al tema llegaría
a algo similar. Sólo en 1872, teniendo
que escribir algo para un volumen de homenaje
a su padre, Dedekind sacó sus notas del
cajón y publicó “Continuidad
y números irracionales”, un artículo
magistral. Se debe notar que aquí R
queda caracterizado, al pie de la letra, como
un cuerpo de números dotado de un orden
lineal continuo (el orden denso del cuerpo Q
era analizado también con toda precisión,
pero sin usar el término “denso”).
El descubrimiento de que los números
reales eran reducibles a los números
racionales, empleando sólo teoría
de conjuntos, debió tener un efecto muy
poderoso sobre Dedekind. Como muchos de sus
contemporáneos, Dedekind creía
(ingenuamente) que la teoría de conjuntos
no era más que una parte de la lógica
elemental. (Este punto de vista exigía
recurrir implícita o explícitamente
al principio de comprehensión, presunto
axioma lógico que años después
se demostró contradictorio gracias precisamente
a las paradojas.) Al pensar de esa manera llegó
al convencimiento de que –como escribió
en 1888– “la aritmética”,
pero también “el álgebra
y el análisis”, son “sólo
una parte de la lógica”. Nacía
así, hacia 1872, el programa logicista
en fundamentos de la matemática. Pero
para establecerlo era necesario dar una teoría
totalmente rigurosa de los números naturales,
basada sólo en la teoría de conjuntos
y aplicaciones.

¿Qué
son y para qué sirven los números?
de R. Dedekind (1888)
Dedekind se puso manos a la obra durante los
años 1870, y publicó sus resultados
en el librito ¿Qué son y para
qué sirven los números? (1888),
una obra que hizo época, según
dijo el propio Hilbert. El nivel de rigor alcanzado
en el desarrollo de la aritmética de
N era altísimo, sin
precedentes, pero lo más notable era
el enfoque. La teoría de los naturales,
que siempre se habían considerado los
objetos finitos por excelencia, se deducía
íntegramente a partir de resultados sobre
conjuntos infinitos. Otro ejemplo similar: la
equipotencia entre todos y partes, que ya desde
Galileo se había
considerado la gran paradoja del infinito, se
convertía simplemente en definición
de conjunto infinito.
En su libro, Dedekind axiomatizaba la aritmética
de los naturales ofreciendo una caracterización
de la estructura del conjunto de los números
naturales. La idea es que N
es un conjunto dotado de una aplicación
inyectiva
(la función sucesor) y con un elemento
distinguido 1, tal que: (a)
(N)
N, lo que le hace infinito;
(b) 1 
(N), es decir, no es un sucesor;
y (c) N es la
-cadena de {1}, lo que intuitivamente significa
que es el más pequeño conjunto
que satisface (a) y (b) y es cerrado bajo
Estas condiciones son equivalentes a los famosos
axiomas de Peano, propuestos por éste
un año más tarde. En concreto,
la condición (c) de ser una cadena permite
deducir el axioma de inducción. Pero
lo cierto es que Dedekind era más general
y más riguroso que Peano, como muestra
por ejemplo el hecho de que desarrolló
una teoría general de las definiciones
recursivas.
Para preparar esa definición de los naturales,
Dedekind empezaba su libro presentando una teoría
elemental pero general de conjuntos, en la que
encontramos algunos de los axiomas de Zermelo.
Estudiaba luego la teoría de aplicaciones,
por primera vez en la historia, y finalmente
desarrollaba una teoría general de cadenas
que tuvo mucha importancia en el desarrollo
de la teoría de conjuntos. Sólo
a partir de la sección 6 limitaba sus
consideraciones con vistas a la aritmética
finita, y en algún lugar sugería
que era fácil generalizar sus ideas al
caso transfinito. Ahora bien, hay un punto (afortunadamente
sólo uno) donde su enfoque no resultó
aceptable a la vista de las antinomias: el intento
de demostrar que existe un conjunto infinito.
Las paradojas arruinaron la interpretación
logicista de esos resultados, pero no el desarrollo
teórico mismo, que fue reincorporado
dentro de la teoría axiomática
de conjuntos. (Por cierto, Zermelo solía
denominar “axioma de Dedekind” al
axioma del infinito, ya que las ideas esenciales
y la necesidad de un principio así se
encuentran en su trabajo.)
Para quienes entendieron esa obra de Dedekind,
y comprendieron sus conexiones con el álgebra
y el análisis, los conjuntos y las aplicaciones
se convertían en las piedras básicas
con las que se construía todo el edificio
de la nueva matemática estructural. Una
de estas personas fue Hilbert, que –como
hemos descubierto recientemente– fue partidario
del logicismo de Dedekind hasta 1900 o algo
más. Precisamente Hilbert escribió
que el enfoque de Dedekind, con su idea de fundar
lo finito en lo infinito, resultaba “deslumbrante
y cautivador”.
Dedekind fue un hombre de vida retirada, modesto,
recto y exigente, aunque con sentido del humor.
Soltero, vivió una existencia provinciana
y cerrada junto a su madre y su hermana, rehusando
incluso alguna cátedra universitaria
por no alejarse de la familia. Eso sí,
parece haber disfrutado mucho de la música
(tocaba bien el cello y el piano), de la lectura
(junto a su hermana, escritora de éxito),
y de la naturaleza. Felix Klein, hombre de mundo,
amante del poder y las grandes empresas, escribió
de él:
Su fuerza estaba en la capacidad de penetrar
profundamente en los principios de su ciencia;
fue en esencia un hombre de natural contemplativo,
al que quizá le faltaba empuje y capacidad
de decisión.
Quizá, más que nada de esto, de
lo que careció es de ambición
y, sin duda, de espíritu aventurero.... |