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J[ulius]
W[ilhelm] Richard Dedekind
Braunschweig, Alemania, 6 Octubre 1831 – 12 Febrero 1916.
El matemático alemán Richard Dedekind fue una figura
clave en el surgimiento de la matemática conjuntista y
estructural del siglo XX.
Su obra y su importancia han sido reevaluadas en los últimos
treinta años, resultando que no deja de crecer la estimación
que de él se tiene. Hasta cierto punto, se le puede considerar
un moderno Euclides: dejó una
huella muy importante en los elementos de la matemática,
de ahí que los Bourbaki le consideraran
uno de sus antecesores directos. Durante el siglo XX, a Dedekind
se le ha conocido sobre todo por su aportación a los fundamentos
del sistema numérico (definiciones de los números
reales y naturales), pero su principal contribución como
investigador fue en el terreno del álgebra y sobre todo
la teoría de números algebraicos.
Igual que quien sería su director de tesis: Gauss,
el “primero entre los matemáticos”, Dedekind
nació en Braunschweig (Brunswick), capital de un pequeño
ducado situado al oeste de Berlín.
Era el cuarto hijo de una familia acomodada, de padre jurista,
profesor en el Collegium Carolinum de la ciudad. En ese mismo
lugar, convertido en Politécnico, impartiría clases
el matemático desde 1862 y durante más de 30 años,
encargándose entre otras cosas (como rector) de su transformación
en Escuela Técnica Superior. Siendo estudiante, en 1850
fue a la célebre Universidad de Göttingen, y escuchó
entre otras las lecciones de Gauss sobre el método de mínimos
cuadrados y las de Wilhelm Weber sobre física experimental.
Tras el doctorado, fue miembro del Seminario Físico-Matemático
de la universidad, donde conocería nada menos que a Bernhard
Riemann, figura capital en su desarrollo como matemático.
En el año 1854 se “habilitan” como profesores
asistentes (Privatdozent) tanto Dedekind como su compañero
Riemann, cinco años mayor. Pero, a diferencia de las tremendas
contribuciones que hizo Riemann en sus dos tesis y en su lección
de habilitación, no encontramos nada comparable en los
trabajos de Dedekind. Eso sí, la lección de habilitación
mostraba su interés por los fundamentos de la matemática
y su orientación reflexiva y sistemática. Fue a
partir de 1855, cuando muere Gauss
y la universidad contrata a otra gran figura, Gustav Lejeune-Dirichlet,
que Dedekind entró realmente en la atmósfera de
la alta investigación. La interacción con Riemann,
a cuyos cursos asistía regularmente, y la conversación
diaria con el riguroso y omniabarcante Dirichlet, resultaron estímulos
decisivos.
Hacia 1856 nuestro hombre encontró el que sería
su principal campo de trabajo. Escucha las lecciones de Dirichlet
sobre teoría de números, famosas por haber puesto
el contenido de las Disquisitiones arithmeticae de Gauss
al alcance del “gran público” matemático,
y las discute minuciosamente con su maestro. Pero sobre todo estudia
los trabajos de Abel y Galois,
a resultas de lo cual imparte un curso sobre álgebra superior
y teoría de Galois, aparentemente
el primero de este tipo en Alemania. El primero, y el más
avanzado por mucho tiempo: se conserva un manuscrito (redactado
probablemente hacia 1858, después de concluidas las lecciones)
y de él se ha dicho que constituye “el primer tratamiento
moderno del tema”. Concibe la teoría directamente
en términos de extensiones de cuerpos, estudia cuidadosamente
las relaciones entre dichas extensiones y los grupos de las ecuaciones,
y además –a diferencia de sus contemporáneos–
pone en segundo plano el estudio de las soluciones de ecuaciones.
Pero Dedekind no llegó a publicar ese manuscrito cuidadosamente
redactado, y de hecho tardó mucho (demasiado) en publicar
contribuciones importantes. En 1858 se desplaza a Zurich como
profesor del Politécnico (la famosa ETH posterior), año
y lugar donde por cierto concibió su célebre definición
de los reales mediante cortaduras. En 1862 vuelve a Braunschweig,
y durante unos años parece abandonar la investigación
para dedicarse a publicar trabajos de sus grandes maestros: las
Vorlesungen über Zahlentheorie de Dirichlet (1863)
y algunos trabajos de Riemann (en 1868 los célebres trabajos
de habilitación, sobre geometría y sobre teoría
de funciones reales, con la definición de la integral;
en 1876 las obras completas editadas por él y Heinrich
Weber).

Segunda edición (1871) por R.
Dedekind de las “Vorlesungen über Zahlentheorie de
Dirichlet, que incluye un apéndice “sobre la teoría
de los números enteros algebraicos”
La razón de no publicar
venía en buena medida de lo exigente que era Dedekind
a la hora de juzgar sus logros, cosa quizá normal en
alguien que había conocido en persona a Gauss y Riemann
(!). Su largo trabajo sobre números algebraicos, hacia
1860, no le había permitido elaborar una teoría
perfectamente general, y eso al parecer le desencantó.
Por fin, ya a los 40 años, publica la segunda edición
de las Vorlesungen de Dirichlet (1871), y dentro de
ella –curioso lugar en una época ya de artículos
especializados– un apéndice “sobre la teoría
de los números enteros algebraicos”. Se ha llegado
a decir que este trabajo dio forma a la teoría de números
moderna. Aparecían aquí diversas estructuras algebraicas,
estudiadas empleando homomorfismos, isomorfismos, clases de
equivalencia: las estructuras de cuerpo, anillo –sin este
nombre–, módulo, ideal (siempre dentro del contexto
particular de los números complejos). La teoría
de los enteros algebraicos se convertía en una teoría
de ideales en anillos de enteros, y mediante esta transformación
Dedekind lograba la generalidad deseada.
Un ideal (en un anillo de números) es un conjunto de
infinitos números enteros del anillo, cerrado para la
suma y también para la multiplicación por números
cualquiera del anillo. El replanteamiento que propuso Dedekind
significaba introducir “a todo trapo” el lenguaje
conjuntista en este campo de la matemática. La recepción
de su trabajo fue lenta, sin duda porque se trataba de un cambio
muy radical. Este punto es difícil de juzgar hoy para
nosotros, acostumbrados como estamos desde muy pronto al lenguaje
conjuntista. Pero en aquella época el álgebra
era todavía la teoría de las ecuaciones, y el
estudio de los enteros algebraicos consistía en estudiar
propiedades y relaciones de números concretos. Dedekind
pasaba a analizar las propiedades de la multiplicación
de ideales, y esto representaba para sus contemporáneos
una abstracción sumamente difícil. Se puede decir
que sólo hacia 1890 encontró continuadores.
Entretanto, Dedekind había publicado otras dos versiones
de la teoría de ideales, en sendas reediciones del libro
de Dirichlet (1879 y 1893). Estas nuevas versiones introducían
cambios muy importantes, guiados por un ideal de pureza de método.
Dado que el punto de partida de la teoría eran definiciones
de estructuras conjuntistas, el método de trabajo debía
basarse en el manejo lo más directo posible de conjuntos
y morfismos.
Dedekind era, en cierto sentido, más un sistemático
que un matemático orientado a la resolución de
problemas. En su afán de pureza, y de acuerdo con el
espíritu “aritmetizador” de la época,
llegó a sugerir en algún momento que el álgebra
debía olvidarse de los polinomios. Pero ese mismo afán
le llevó a desarrollar métodos que tenían
un gran potencial de generalización; de ahí la
famosa frase que Emmy Noether solía
repetir a sus colaboradores: “ya está todo en Dedekind”
(es steht alles schon bei Dedekind).
La versión de 1893 incluía un nuevo tratamiento
de la teoría de Galois, muy
abstracto para la época, en términos de grupos
de automorfismos del cuerpo correspondiente. Resultados como
el teorema sobre independencia lineal de los automorfismos prefiguran
el modo de trabajo del álgebra abstracta de los años
1920 (Artin, Noether). Sin embargo,
los matemáticos de su momento se quejaban de tanta abstracción.
Frobenius, que conocía bien a Dedekind y su trabajo,
bromeaba diciendo que iba demasiado lejos y que sus morfismos
eran “demasiado incorpóreos” (recuérdese
que fue Dedekind quien introdujo el término “cuerpo”).
Les parecía que con medios más tradicionales se
podían desarrollar los resultados de un modo más
económico y elegante, y así lo hizo por ejemplo
Hilbert en su célebre Zahlbericht de 1897. Dedekind respondía
que si elaboraran todo desde el principio y justificaran todos
los pasos, el desarrollo al modo habitual resultaría
más largo y complejo que el suyo. Pero su enfoque purista
y abstracto tardó en imponerse.
En 1882, Dedekind publicó junto a su buen amigo Heinrich
Weber (entonces profesor en Königsberg, con el joven Hilbert
entre sus alumnos) un trabajo fundamental sobre curvas algebraicas
bajo el título “Teoría de las funciones
algebraicas de una variable” (Journal für die
reine und angew. Mathematik). Se establecía aquí
un paralelismo muy notable con la teoría de ideales,
y por esta vía puramente algebraica se llegaba a dar
una definición de los puntos en una superficie de Riemann
y se alcanzaba a demostrar el teorema de Riemann-Roch. El cambio
con respecto al tratamiento habitual de estas cuestiones era
de nuevo inmenso, los autores describían su método
como “simple pero a la vez riguroso y plenamente general”.
El tipo de paralelismo estructural que aquí se plantea
sería premonitorio de la matemática del siglo
XX. Se abría el camino a la geometría algebraica,
que también recibió por entonces estímulos
de Kronecker, el gran “contrincante” de Dedekind.
A propósito de Kronecker, famoso por su enfrentamiento
con Cantor, no está de más recordar que fue todavía
más beligerante con Dedekind. (Si éste se lo tomó
relajadamente, la razón hay que buscarla en las grandes
diferencias entre su personalidad y la del genial pero inestable
Cantor.) Kronecker y Dedekind compartían casi todo: campos
de trabajo –teoría de números, álgebra,
curvas algebraicas–, interés por los fundamentos
y capacidad para ir a fondo en ambas direcciones. Pero había
buenas razones para su enfrentamiento, no casual sino sintomático
de dificultades que ya no desaparecerían. Se trataba
del enfrentamiento entre los métodos y concepciones de
la matemática moderna, conjuntista y estructural, por
un lado, y por otro los métodos y concepciones de la
matemática constructivista (que en cierta medida seguía
más apegada a los modos de hacer tradicionales). Kronecker
fue, en efecto, un antecesor muy coherente de Brouwer, Weyl,
Lorenzen o Bishop, partidario de que todos los objetos matemáticos
fueran definidos o construidos explícitamente a partir
de los números naturales, sin recurrir al artificio de
los conjuntos infinitos. Nada más lejano del punto de
vista de Dedekind, quien creía, con cierta ingenuidad,
que recurrir a conjuntos infinitos eran simplemente hacer uso
de la lógica y del pensamiento racional.
Siendo como era profesor en una Escuela Técnica, Dedekind
no tuvo discípulos, no creó escuela. Pero además
de la influencia de sus escritos, magníficamente presentados,
estuvo su colaboración con grandes matemáticos
como el citado Heinrich Weber, como Frobenius, etc. Años
después de su artículo conjunto, Weber publicó
un manual de álgebra que sería obra de referencia
obligada durante tres décadas. La correspondencia con
Frobenius, publicada hace poco, desempeñó un papel
importante en el desarrollo de la teoría de caracteres
de grupos. Las indicaciones de Dedekind fueron importantes para
orientar a Frobenius, y también lo fue el trabajo de
aquél sobre números hipercomplejos publicado en
1885. En una de las cartas escribe Frobenius:
Hace ya mucho tiempo me sorprendía que no hubiera Ud.
participado más activamente en el desarrollo de la teoría
abstracta de grupos, pese a que, dada su disposición,
este campo debía haberle resultado especialmente atractivo.
Ahora veo que se ha ocupado Ud. de ella durante diez años,
pero sin compartir con sus amigos y admiradores (¿quizá
también, desgraciadamente, dada su disposición?)
sus resultados extremadamente bellos.
Y por supuesto está la famosísima correspondencia
con Cantor, sobre todo de 1872 a 1882, en la que éste
iba desarrollando sus geniales ideas nuevas y las sometía
al riguroso análisis de su colega. Es a Dedekind a quien
Cantor dirige la conocida frase “lo veo pero no lo creo”
(añadiendo “mientras no me dé Ud. su aprobación”)
en referencia a la equipotencia de los continuos de cualquier
número de dimensiones.
El trabajo de Dedekind sobre fundamentos del número estaba
íntimamente ligado con su investigación en álgebra
y teoría de números. Este tipo de interacción
es distintiva de su obra, y precisamente es lo que le condujo
a dar con nociones fundamentales que tenían a la vez
la generalidad necesaria para reconstruir todo el edificio de
la matemática pura. Igual que veía el álgebra
en términos de estructuras (esencialmente cuerpos o subestructuras
de cuerpos) y morfismos, acabó reduciendo el concepto
de número a conjuntos y aplicaciones. Nacía así,
en paralelo con las novedosas contribuciones de Cantor, el enfoque
conjuntista de los fundamentos. Lo característico y muy
original de Cantor fue su fantástico viaje de exploración
de lo que él llamaba transfinito; pero en lo relativo
a reformular la matemática dentro del enfoque conjuntista,
Dedekind fue más lejos y además se anticipó.
El primer paso fundamental en esa dirección lo dio Dedekind
en 1858, cuando ideó la definición de los números
reales mediante cortaduras, insatisfecho porque hasta entonces
la teoría de límites se apoyaba en evidencias
geométricas. Dedekind advirtió que las propiedades
de orden denso de los números racionales hacían
posible utilizar el fenómeno de las cortaduras para definir
los reales. Una cortadura es una partición de Q
en dos subconjuntos disjuntos (A1, A2
) tal que cada número de A1 es menor que
todo número de A 2. El conjunto de los números
reales es (en esencia) el conjunto de todas las cortaduras sobre
Q, y Dedekind demostraba rigurosamente que
dicho conjunto es continuo.
De este modo, podía demostrar con rigor que toda sucesión
estrictamente creciente y acotada de reales tiene por límite
un número real. Con ánimo polémico, Dedekind
escribió que hasta ese momento nadie había dado
los medios para demostrar que:
2• 3
= 6.
De nuevo, su trabajo quedó muchos años sin publicar,
y la razón –si creemos a su autor– fue que
no era original, sino que cualquier buen matemático que
decidiera prestar su atención al tema llegaría
a algo similar. Sólo en 1872, teniendo que escribir algo
para un volumen de homenaje a su padre, Dedekind sacó
sus notas del cajón y publicó “Continuidad
y números irracionales”, un artículo magistral.
Se debe notar que aquí R queda caracterizado,
al pie de la letra, como un cuerpo de números dotado
de un orden lineal continuo (el orden denso del cuerpo Q
era analizado también con toda precisión, pero
sin usar el término “denso”).
El descubrimiento de que los números reales eran reducibles
a los números racionales, empleando sólo teoría
de conjuntos, debió tener un efecto muy poderoso sobre
Dedekind. Como muchos de sus contemporáneos, Dedekind
creía (ingenuamente) que la teoría de conjuntos
no era más que una parte de la lógica elemental.
(Este punto de vista exigía recurrir implícita
o explícitamente al principio de comprehensión,
presunto axioma lógico que años después
se demostró contradictorio gracias precisamente a las
paradojas.) Al pensar de esa manera llegó al convencimiento
de que –como escribió en 1888– “la
aritmética”, pero también “el álgebra
y el análisis”, son “sólo una parte
de la lógica”. Nacía así, hacia 1872,
el programa logicista en fundamentos de la matemática.
Pero para establecerlo era necesario dar una teoría totalmente
rigurosa de los números naturales, basada sólo
en la teoría de conjuntos y aplicaciones.

¿Qué son y para qué
sirven los números? de R. Dedekind (1888)
Dedekind se puso
manos a la obra durante los años 1870, y publicó
sus resultados en el librito ¿Qué son y para
qué sirven los números? (1888), una obra
que hizo época, según dijo el propio Hilbert.
El nivel de rigor alcanzado en el desarrollo de la aritmética
de N era altísimo, sin precedentes,
pero lo más notable era el enfoque. La teoría
de los naturales, que siempre se habían considerado los
objetos finitos por excelencia, se deducía íntegramente
a partir de resultados sobre conjuntos infinitos. Otro ejemplo
similar: la equipotencia entre todos y partes, que ya desde
Galileo se había considerado
la gran paradoja del infinito, se convertía simplemente
en definición de conjunto infinito.
En su libro, Dedekind axiomatizaba la aritmética de los
naturales ofreciendo una caracterización de la estructura
del conjunto de los números naturales. La idea es que
N es un conjunto dotado de una aplicación
inyectiva
(la función sucesor) y con un elemento distinguido 1,
tal que: (a)
(N)
N, lo que le hace infinito; (b) 1 
(N), es decir, no es un sucesor; y (c) N
es la
-cadena de {1}, lo que intuitivamente significa que es el más
pequeño conjunto que satisface (a) y (b) y es cerrado
bajo
Estas condiciones son equivalentes a los famosos axiomas de
Peano, propuestos por éste un año más tarde.
En concreto, la condición (c) de ser una cadena permite
deducir el axioma de inducción. Pero lo cierto es que
Dedekind era más general y más riguroso que Peano,
como muestra por ejemplo el hecho de que desarrolló una
teoría general de las definiciones recursivas.
Para preparar esa definición de los naturales, Dedekind
empezaba su libro presentando una teoría elemental pero
general de conjuntos, en la que encontramos algunos de los axiomas
de Zermelo. Estudiaba luego la teoría de aplicaciones,
por primera vez en la historia, y finalmente desarrollaba una
teoría general de cadenas que tuvo mucha importancia
en el desarrollo de la teoría de conjuntos. Sólo
a partir de la sección 6 limitaba sus consideraciones
con vistas a la aritmética finita, y en algún
lugar sugería que era fácil generalizar sus ideas
al caso transfinito. Ahora bien, hay un punto (afortunadamente
sólo uno) donde su enfoque no resultó aceptable
a la vista de las antinomias: el intento de demostrar que existe
un conjunto infinito. Las paradojas arruinaron la interpretación
logicista de esos resultados, pero no el desarrollo teórico
mismo, que fue reincorporado dentro de la teoría axiomática
de conjuntos. (Por cierto, Zermelo solía denominar “axioma
de Dedekind” al axioma del infinito, ya que las ideas
esenciales y la necesidad de un principio así se encuentran
en su trabajo.)
Para quienes entendieron esa obra de Dedekind, y comprendieron
sus conexiones con el álgebra y el análisis, los
conjuntos y las aplicaciones se convertían en las piedras
básicas con las que se construía todo el edificio
de la nueva matemática estructural. Una de estas personas
fue Hilbert, que –como hemos descubierto recientemente–
fue partidario del logicismo de Dedekind hasta 1900 o algo más.
Precisamente Hilbert escribió que el enfoque de Dedekind,
con su idea de fundar lo finito en lo infinito, resultaba “deslumbrante
y cautivador”.
Dedekind fue un hombre de vida retirada, modesto, recto y exigente,
aunque con sentido del humor. Soltero, vivió una existencia
provinciana y cerrada junto a su madre y su hermana, rehusando
incluso alguna cátedra universitaria por no alejarse
de la familia. Eso sí, parece haber disfrutado mucho
de la música (tocaba bien el cello y el piano), de la
lectura (junto a su hermana, escritora de éxito), y de
la naturaleza. Felix Klein, hombre de mundo, amante del poder
y las grandes empresas, escribió de él:
Su fuerza estaba en la capacidad de penetrar profundamente en
los principios de su ciencia; fue en esencia un hombre de natural
contemplativo, al que quizá le faltaba empuje y capacidad
de decisión.
Quizá, más que nada de esto, de lo que careció
es de ambición y, sin duda, de espíritu aventurero.
Bibliografía:
G. Cantor & R. Dedekind, Briefwechsel, Paris, Hermann, 1937.
(Hay trads. francesa de Cavaillès e inglesa de Ewald.)
R. Dedekind, Mathematische Werke, 3 vol., Braunschweig, Vieweg,
1930–1932.
R. Dedekind, ¿Qué son y para qué sirven
los números?, ed. & introduc. J. Ferreirós,
Madrid, Alianza/UAM, 1997.
R. Dedekind, Theory of algebraic integers [trad. de un artículo
original en francés, 1877], Cambridge Univ. Press, 1996.
G. L. Dirichlet y R. Dedekind, Vorlesungen über Zahlentheorie,
Braunschweig, Vieweg, 1863, 1871, 1879, 1894. Reimpresión
de la 4ª edición en New York, Chelsea, 1968 (selecciones
de las otras eds. en Werke, vol. 3). Versión inglesa:
American Mathematical Society (AMS), 1999.
P. Dugac, Richard Dedekind et les fondements des mathématiques
(avec de nombreux texts inédits), Paris, Vrin, 1976.
H. M. Edwards, The genesis of ideal theory, Arch. Hist. Exact
Sciences 23 (1980), 321-378.
H. M. Edwards, Dedekind's invention of ideals, Bull. London
Math. Soc. 15 (1983), 8-17. Reimpreso en Studies in the history
of mathematics (Washington, DC, 1987).
J. Ferreirós, Labyrinth of Thought: A history of set
theory, Basel, Birkhäuser, 1999.
R. Haubrich, Zur Entstehung der algebraischen Zahlentheorie
Richard Dedekinds, tesis doctoral inédita, Univ. Göttingen,
1992.
J. Pla i Carrera, Dedekind y la teoría de conjuntos,
Modern Logic 3 (1993), 215-305.
W. Scharlau, ed. Richard Dedekind, 1831–1981: Eine Würdigung,
Braunschweig, Vieweg, 1981. (Incluye la lección sobre
álgebra de 1858.)
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