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Gabrielle
Émilie de Breteuil, marquesa de Châtelet fue una dama
francesa que tradujo los "Principia" de Newton y divulgó
los conceptos del cálculo diferencial e integral en su libro
"Las instituciones de la física", obra en tres
volúmenes publicada en 1740.
Era una dama de la alta aristocracia y fácilmente podía
haber vivido una vida inmersa en los placeres superficiales, y no
obstante fue una activa participante en los acontecimientos científicos
que hacen de su época, el siglo de las luces, un periodo
excitante. En sus salones, además de discutir de teatro,
literatura, música, filosofía... se polemizaba sobre
los últimos acontecimientos científicos. Mme. de Châtelet,
al traducir y analizar la obra de Newton, propagó sus ideas
desde Inglaterra a la Europa continental. El determinismo científico
de Newton permaneció como idea filosófica hasta mediados
del siglo XIX.
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Su vida
El 17 de diciembre de 1706 nació
Madame de Châtelet, en Saint-Jean-en-Greve, en Francia, durante
el reinado de Luis XIV, y le pusieron el nombre de Gabrielle-Émilie
Le Tonnelier de Breteuil.
Los Breteuil ya eran importantes en el siglo XV e hicieron fortuna
en la magistratura y las finanzas. Su padre, Louis-Nicolas Le Tonnelier
de Breteuil, barón de Preuilly, a los cuarenta y nueve años
se casó con Gabrielle Anne de Froulay. El rey le otorgó
entonces el cargo de introductor de embajadores en el que brilló
por su perspicacia y su sentido de la diplomacia.
Émilie desde su más tierna infancia tuvo el deseo
de saber e hizo todos los esfuerzos para conseguirlo. Sentía
curiosidad por todo, y todo lo quería comprender. Estuvo
rodeada de un entorno excepcional y recibió una educación
atípica para su época. Sus padres tenían un
gran respeto por el conocimiento y rodearon a sus hijos de una atmósfera
que hoy llamaríamos intelectual. Demostró poseer una
capacidad inusual y una inteligencia privilegiada. A los diez años
ya había leído a Cicerón y estudiado matemáticas
y metafísica; a los doce hablaba inglés, italiano,
español y alemán y traducía textos en latín
y griego como los de Aristóteles y Virgilio.
Estudió a Descartes, comprendiendo las relaciones entre metafísica
y ciencia, por ello mantuvo durante toda su vida la exigencia de
un pensamiento claro y metódico, dominado por la razón.
Esto, probablemente, le llevó a adoptar posturas más
avanzadas que las de sus amigos newtonianos. Émilie fue una
pura intelectual cartesiana. Como forma de pensamiento sólo
conocía la deducción. La inducción no le satisfacía.
A los diecinueve años, el 20 de junio de 1725, unos meses
antes de la boda de Luis XV con María Leszczinska, se casó
con Florent Claude, el marqués de Châtelet-Lamon, miembro
de una muy antigua familia de Lorena, que tenía entonces
treinta años. Tuvo tres hijos de los que vivieron dos, una
hija, Françoise Gabrielle Pauline, y un hijo, Florent Louis
Marie, que nació un año después.
Después del nacimiento de su tercer hijo, cuando Émilie
tenía 27 años, volvió a frecuentar la corte.
A Émilie siempre le encantó la vida en la fastuosa
corte de Versalles, gozando con las fiestas, la ópera y las
representaciones teatrales.
Debido a su posición Émilie pudo obtener los servicios,
como profesores, de algunos buenos matemáticos como Pierre
Louis Moreau de Maupertuis (1698-1759), que posteriormente alcanzó
la fama por su expedición al Polo Norte para hacer mediciones
de la Tierra y demostrar que no era alargada como defendían
los seguidores de Descartes sino que se achataba por los polos,
como Newton había supuesto. Cuando Maupertuis se fue a la
expedición, Mme. de Châtelet, aconsejada por él,
recibió clases de Clairaut, al que llamó “su
maestro en geometría y su iniciador en astronomía”,
pues tuvo tanta influencia como Maupertuis en el pensamiento de
Émilie, ya que Clairaut estaba muy dotado como profesor.
Émilie tuvo otro profesor, Koenig, alumno del leibniziano
Wolff, que en 1739 fue a vivir a su casa para darle lecciones de
geometría.
El 6 de mayo de 1734 Voltaire se alejó de París, para
huir de la justicia. Se refugió en el castillo de Cirey-Blaise,
propiedad del marqués de Châtelet, cerca de la frontera
de Lorena, situado en una región montañosa, a cuatro
leguas de la ciudad más próxima. Émilie decidió
ir a vivir con Voltaire en 1735. Formó con él una
pareja indisoluble, unida por sentimientos e intereses comunes,
que le proporcionó estabilidad afectiva y el respeto de un
hombre admirado. En él encontró al compañero
de discusiones, al filósofo, al hombre de espíritu
que ella necesitaba. La relación entre ellos duró
durante el resto de su vida. En Cirey trabajaron y estudiaron siendo
sus salones centro de intelectuales de toda Europa que iban allí
a aprender con esta excepcional mujer. En su amplia correspondencia
se pueden leer cartas de los grandes matemáticos de la época,
como Johann Bernoulli, además de Maupertuis y Clairaut. Formaron
una biblioteca de más de diez mil volúmenes, mayor
que las de la mayoría de las universidades.
En 1748 quedó embarazada. Su hija nació el 2 de septiembre
de 1749, cuando ella estaba sentada en su despacho y escribiendo
sobre la teoría de Newton. Todo parecía ir bien, pero
ocho días más tarde murió repentinamente.
Su obra
Émilie había leído, estudiado y anotado las
obras de los científicos de su época. Leía
en latín, inglés, francés... y pedía
a su librero las novedades de Inglaterra y Holanda. El periodo entre
1737 y 1739 fue de acumulación de conocimientos. Estudió
las publicaciones de los académicos para poderlas evaluar,
y se dio cuenta de que estaban llenas de prejuicios.
En 1737 la Academia de Ciencias anunció un concurso para
el mejor ensayo científico sobre la naturaleza del fuego
y su propagación. Ambos, Émilie y Voltaire, comenzaron
a trabajar y a hacer múltiples experimentos, ponían
el hierro al rojo, lo enfriaban, medían temperaturas y pesaban.
Voltaire estaba preparando un ensayo para presentarlo al concurso.
Pero a las conclusiones a las que llegaban eran diferentes, así
que, un mes antes de que finalizara el plazo para el concurso Émilie
decidió participar también de manera independiente,
trabajando en secreto, y sin poder hacer por ello apenas experimentos.
Sólo lo sabía el marqués de Châtelet.
El fallo del jurado no fue para ninguno de los dos sino que ganó
Leonhard Euler. Como premio de consolación consiguieron la
posibilidad de publicar sus trabajos.
Esta memoria sobre el fuego (Dissertation sur la nature et propagation
du feu, 1744) constaba de ciento cuarenta páginas, donde
mostraba sus estudios sobre los físicos anteriores. Utilizó
en ella sus conocimientos sobre Leibniz, especialmente la distinción
entre fenómenos y propiedades inseparables de la sustancia.
Examinó las propiedades distintivas del fuego: tender hacia
lo alto, antagonismo de la pesadez, igualmente repartido por todas
partes, incapaz de un reposo absoluto... decidió que era
un ser especial, ni espíritu, ni materia, pero no pudo explicar
el origen del fuego. En la segunda parte trató las leyes
de la propagación del fuego para lo que tuvo en cuenta los
principios leibnizianos de las fuerzas vivas. En esta obra había
dos ideas profundas, obtenidas sólo por la reflexión,
sin experimentos: tenía razón al atribuir a la luz
y al calor una causa común, y que los rayos de distintos
colores no proporcionan el mismo grado de calor. Fue su primera
publicación, el primer paso al reconocimiento público
de su valía. Se afirma que su trabajo era adelantado para
su época.
Escribió Las instituciones de la física, obra en tres
volúmenes publicada en 1740 que contiene uno de los capítulos
más interesantes sobre cálculo infinitesimal, y que
fue escrita para que su hijo pudiese comprender la física.
No existía ningún libro en francés de física
que pudiera servir para instruir a los jóvenes, y consideraba
que era una disciplina indispensable para comprender el mundo. En
el prólogo, dirigiéndose a su hijo, comentaba las
razones que la habían llevado a escribir el libro, y donde
mostraba su pasión por el conocimiento y el estudio, que
intentaba transmitir a su hijo, a la vez que criticaba la ignorancia,
tan común entre las gentes de rango.
En general era un libro fiel a la física newtoniana, pero
la filosofía puramente científica y materialista de
Newton no terminaba de convencerla y reescribió los primeros
capítulos acercándose a la metafísica de Leibniz,
explicándola con profundidad y claridad, ya que consideraba,
con una visión impropia de su época, que ésta
podía conjugarse con la física newtoniana. La marquesa
de Châtelet estudió a Descartes, luego a Leibniz
y por fín a Newton. Convencida de muchas de las ideas
de Descartes, Leibniz y Newton escribió su libro intentando
explicarlo todo mediante el razonamiento cartesiano. La idea de
que la Ciencia debía basarse en la Metafísica, era
de Descartes, pero Mme. de Châtelet se mostraba en contra
de los remolinos y el éter de los cartesianos. Admiraba las
fuerzas vivas de Leibniz, y sin embargo no comulgaba con las mónadas
de las teorías de éste. Defendía la teoría
de la atracción universal de Newton, y sin embargo no creía
como él que Dios, como relojero, tuviera de vez en cuando
que necesitar actuar en el universo, dando cuerda a los relojes.
Así supo aunar en lo principal las teorías de los
tres grandes sabios, y sin embargo estaba en contra de todas las
corrientes, porque siempre encontraba algo en sus teorías
con lo que no estaba de acuerdo.
Mientras que sus contemporáneos varones estaban cada uno
a favor de sólo uno de estos sabios y en contra de los otros
dos, ella fue la primera en ver lo positivo de cada uno de ellos
e intentar construir una teoría unificada. Discutió,
escribió, polemizó, estuvo en el ojo del huracán
y, sin embargo, la Historia ha tenido tendencia a olvidar sus aportaciones.
Escribió también un interesante Discurso sobre la
felicidad, en el que opinaba que la felicidad se conseguía
con buena salud, los privilegios de riqueza y posición y
también con el estudio, marcándose metas y luchando
por ellas. Escribió que el amor al estudio era más
necesario para la felicidad de las mujeres, ya que era una pasión
que hace que la felicidad dependa únicamente de cada persona,
“¡quien dice sabio, dice feliz!”.
Hacia 1745 comenzó a traducir los Philosophiae Naturalis
Principia Mathematica de Newton del latín al francés,
con extensos y válidos comentarios y suplementos que facilitaban
mucho la comprensión. Durante 1747 estuvo corrigiendo las
pruebas de la traducción, y redactando los Comentarios. Gracias
a este trabajo se pudo leer en Francia esa obra durante dos siglos,
lo que hizo avanzar la Ciencia.
Los Principia de Newton era una obra difícil, llena de figuras
y demostraciones geométricas, por lo que, para traducirla,
era preciso haber estudiado geometría. Newton enunció
las famosas leyes de la gravitación universal con lo que
dotó de un nuevo paradigma a la Ciencia.
Los Principia constan de tres libros. Están escritos en latín,
quizás para que sólo estuvieran al alcance de personas
con buena formación. En el libro primero se enuncian las
tres leyes fundamentales de la dinámica, siguiendo a Kepler
y a Galileo, y se define fuerza centrífuga y masa. El libro
segundo contiene un interesante trabajo sobre cálculo diferencial
y trata del movimiento de los fluidos. En el libro tercero se enuncia
la ley de Gravitación Universal.
Cuando quedó embarazada, el trabajo la distraía de
sus preocupaciones. Llevaba tres años traduciendo y comentando
los Principia de Newton. Este escrito era para ella precioso y esencial.
De él iba a depender su fama futura. Quería tenerlo
terminado antes del parto, y quería hacerlo bien. No tenía
tiempo que perder. Cuando murió en 1749 ya estaba terminado.
Su traducción sobre los Principia de Newton se publicó
finalmente en 1759, con un elogioso prefacio de Voltaire. Dicho
libro ha continuado reimprimiéndose hasta la actualidad siendo
la única traducción al francés de los Principia.
Los trabajos de Newton y Leibniz resultaron enormemente difíciles
de entender para sus contemporáneos, más de uno los
acusó de ser más misteriosos que esclarecedores. Por
eso, es necesario resaltar la importancia de aquellas personas,
que como Émilie de Breteuil, marquesa de Châtelet,
se ocuparon de estudiarlos y de entenderlos, para divulgarlos entre
sus coetáneos. Émilie estudió primeramente
a Leibniz, tradujo después los Principia de Newton del latín
al francés, y en sus salones los intelectuales de la época
discutían sobre las obras de estos autores. Ya en su obra
Las Instituciones de la física mostraba una voluntad de síntesis
entre los trabajos de ambos autores. Tengamos en cuenta que muchas
de las grandes aportaciones han sido, en ocasiones, más conocidas
a través de recopilaciones y traducciones que por las obras
originales de los propios autores.
Comentemos el escándalo que supuso llevar a Francia entre
1730 y 1740 las teorías de Newton por Mme. de Châtelet
y sus amigos. La teoría de la gravitación se oponía
a la teoría del gran sabio francés Descartes. Implicaba
una visión de la naturaleza y una concepción de la
ciencia radicalmente contrarias. Los cartesianos: Cassini, Mairan,
Réaumur rehusaban reconocer que la Tierra era achatada por
los polos a pesar de las pruebas aportadas.
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